12 marzo 2012

Mágica hermosura

¿Cuántos años tendría yo? Pues diez u once años, en 4to o 5to de primaria, ella también seguramente: a mitad de abril o mayo llegó al salón de clases, con sus pelos castaños, Ayelén Pérez, con su argentinidad al hablar y su mágica hermosura; con ella, sus padres, sus dos hermanos mayores y su perro -que creo que no me quiso tanto-, y se instalaron en un departamento en Miraflores, muy lindo.
El mayor de sus hermanos, Fabián, era compañero de salón de mi hermano y entonces los lazos se ampliaban, porque ya habían empezado a forjarse.


En esos años yo no aún no terminaba de descubrir Sui Géneris, ya estaba enamorado con los Enanitos Verdes y me sabía las canciones desde la introducción hasta el último acorde, a Fito Páez también lo venía escuchando y, por supuesto, me había encantado; demás está decir que mientras yo escuchaba rock -en gran medida por la influencia de mi hermano-, mis amigos del colegio andaban pegados a la música de moda en aquel entonces -no me pregunten cuál era porque no lo sé-.
Y entonces llegó ella; no sé si fue en su primer día cuando se sentó a mi costado pero si puede haber sido en el segundo o el tercero, cuando ya nos habíamos dado cuenta de que hablábamos un idioma bastante parecido. Y las clases empezaron a hacerse animadas gracias a las canciones que entonábamos mientras la Cívica y el Inglés rondaban sólo como música de fondo en esa especie de casa invulnerable que habitábamos de ocho a tres... “Todos sabemos que fue un verano descalzo y rubio...”, “Te encontraré una mañana dentro de mi habitación...”, “Y rasguña las piedras...”, “Y tenés que dejar a la gente que amás...”, “Yo te conozco de antes, desde antes del ayer...”, “Busco mi piedra filosofal...”...


Y así seguían los días. Tan amigos éramos y tan amigos además nuestros hermanos que compartíamos no sólo la música sino también el taxi de vuelta a nuestras casas y alguna vez una partida de ajedrez en su departamento que no terminamos junto a la hermosa sonrisa de su madre y la compañía de ese perro que me ladraba con natural desconfianza.
Y me enamoré, por supuesto, me quedé embobado con tremenda química que se me presentó de golpe en forma de estrella y abrazada de tanta música tan linda y que nos hacía parte de una magia inmune a todo lo demás. Como en muchas historias de amor colegiales, el enamorado le cuenta su pasión a una amiga que luego, desvergonzadamente, lo publica por todo el colegio con el respectivo eco en las profesoras que no tenían mejor cosa que hacer que fijarse en las vidas ajenas y la magia queda tristemente convertida en un sinfín de sonrojos tontos e infantiles: no importa.
No importa porque fue una época muy linda para mí, muy nueva, muy reveladora, que andaba en pies de cristal o sobre nubes, y eso yo lo siento tan dentro de mí que el resto es accesorio, nada más.

Finalmente, Ayelén regresó a Argentina y la vida siguió como siempre la vida tiene que seguir; extrañamente, no recuerdo que su partida me haya marcado algún tipo de emoción ni mucho menos que haya sido un drama...

Así que, Ayelén Pérez, donde quiera que estés, en Buenos Aires, en algún otro lugar de Argentina o del planeta, manda señales de humo hasta Lima o un correo si prefieres que lo recibiré con mucha alegría, a ver si podemos seguir cantando la misma canción.
Besos.

05 marzo 2012

Dios

Dios sabe que, al final de cuentas y pensándolo con frialdad y serenidad, siendo sensato y razonando y demás, lo respeto, lo admiro y lo quiero y que veo en él no a una figura grande como hecha de bronce en el sentido de la omnipresencia y todo eso que nos cuentan en el colegio y en la casa y en la iglesia para que nos portemos bien -para que seamos buenos chicos-, sino que lo entiendo como un ente superior que está más allá de todo y como ese espacio en donde deposito confianza y responsabilidad, sobre todo en el sentido de aquello que veo todos los días y que me ronda y que de alguna manera quiero contar. Y bueno, digo “al final de cuentas” porque, por lo fugaces y poco dados a pensar que pueden ser los días, tan asesinos, tan despiadados a veces, a quien tomamos como el principal responsable de lo malo que pueda ocurrir es a él.

De lo bueno que ocurre creo que no debería hacer tanta falta hablar pero suele ser necesario: reconozco con admiración y me sorprendo cada vez más de lo genial que puede ser el organismo -por dar el primer ejemplo que se me ocurre-, que cuando se abren heridas pues también se cierran y la piel se regenera, que cuando algo nos ataca hay un sistema listo para curarnos... en fin, todo, la naturaleza, los árboles, los perros, el aire que respiramos, el universo, las galaxias, las emociones, el sistema reproductivo, el amor, las sensaciones; yo sé que todo eso que funciona de maravilla es obra de Dios y no me cabe alguna duda sobre ese funcionamiento tan perfecto (sí, “obra de Dios” dije, ¿si no de quién?, ¿de la física?).

Pero siempre hay cosas que no termino de entender y que, claro, con la respuesta “todo está en el plan de Dios” terminan en el indigno lugar del olvido y no es ése el lugar que merecen, no lo es porque son esas cosas que nos marcan los días y nos generan la ira y los enojos que demostramos hasta cuando nos toca ir a comprar el pan o el diario, y eso no me parece justo: como tampoco me parece justo, querido Dios, que cuando necesito bañarme haya poco agua o que el día que debo salir temprano llegue una llamada que me tarde; puede parecerte poco todo esto que te digo o fastidios torpes, si quieres podemos ir más lejos que hay mucho más por conversar, por ejemplo, la gente que te representa aquí y habla en tu nombre con una careta evidente, la pobreza, los niños con cáncer, el hambre, las injusticias, la miseria.
Dios, ¿podrías explicarnos al menos un poco sobre lo que pretendes?, no te lo exijo pero sí te lo pido porque me parece necesario, porque me parece insostenible que el mundo siga así, tan desigual, tan canalla; o sea, ¿cómo te explico?, me da una bronca enorme que todo pueda ser tan genial y que podamos disfrutar de la belleza que, al final de cuentas, es todo pero que, en el día a día, debamos resignarnos a luchar por no terminar peor o más triste o desolado.
Estamos en confianza, somos dos tipos serios y creo que nos respetamos lo suficiente como para tener este tipo de conversaciones sin irnos a las manos o gritarnos sin razón; fíjate, todo esto me anda rondando hace mucho y si no lo digo me enfermo aún más, tú lo sabes, así que aquí estamos y, como ya se va haciendo costumbre, espero respuestas, o algo, una señal o una palmada en el hombro, algo que me diga que me estás escuchando y que me estás atendiendo, que me diga que puedo seguir confiando.

Bueno, espero de veras que esto se repita, no creo ser el único que lleva cuestiones en sí que lo intranquilicen un poco... ah, y ojalá sea cierto eso de que el paraíso será de los pobres y de los buenos de corazón (ya no sé si lo dijiste exactamente así, no soy asiduo lector tuyo pero creo que estoy en lo cierto al menos respecto de lo que piensas) porque es necesario y es justo.
Hasta pronto.

27 febrero 2012

Burbujas

Hay gente que vive en burbujas, voluntariamente en muchos casos, y allí están -y no están-: evadiendo, ocultándose, tapándose con las sábanas para no ver, encerrados, apolillándose, oxidándose, muriendo; abusando de su burbuja.

Personalmente, nunca me gustó esa idea del aislamiento definitivo y feroz, me parece inconveniente: creo que está bien encerrarse en una burbuja y evitar cualquier contacto con la realidad pero creo también que esa decisión no puede ser perpetua porque, al final de cuentas, somos seres sociales y necesitamos de otras personas y de un entorno para vivir, al menos para renegar de ellas y de él; aunque, finalmente, son decisiones personales que se toman y se deben tomar sin consideraciones ajenas.
Entre quienes prefieren habitar una burbuja y no las calles de esta ciudad o de la tuya, se muestran dos polos opuestos: los que se aíslan en una burbuja de paz y de tranquilidad y de calma de bosques y lunas, y los que optan por una constituida de dolor y de pena y de tristeza -sospecho- por fatiga.

Dicen que los extremos nunca son buenos, y yo concuerdo -aunque parezca ya un extremo tal enunciado-: vivir a escondidas, enceguecido por la miel o la hiel que habites, mirando sólo lo que se quiere mirar y sin ver, siendo un títere de uno mismo y engañándose con realidades ficticias y siempre complacientes no me parece la mejor solución ni la mejor manera de encarar la realidad que -con distintos matices- es la misma para todos, para los panaderos y los barrenderos y los abogados y los gerentes y el Presidente.
Y esto sucede igual sin discriminar de qué burbuja se trate: tanto las burbujas que endulzan los días y juegan con los cabellos y acarician los rostros como aquéllas que ciegan la mirada a la esperanza y a la oportunidad y que sume a la gente en la más quieta depresión me parecen igual de dañinas y de peligrosas si se toman como la única vía para sobrevivir; permanecer en el engaño no debe ser la manera adecuada de encarar los problemas ni las adversidades y es, más bien, una manera suicida de vivir (sí, suicida de vivir: vivir sin vivir, morir en vida).
En fin, siempre habrá de todo y, al final, cada quien es dueño de hacer con su vida lo que quiera justamente porque es su vida, suya, y nadie debe imponer actitudes ni decisiones a alguien, pero sí puede aconsejarlo.

¿Yo?. Bueno, yo trato de pasármelo bien; soy consciente de que el mundo puede ser una miseria muy grande y la causa de una tristeza infinita y sin salida y entonces, por esa justa razón, necesito también mi propia burbuja de paz y de tranquilidad y de alegría que no me ciega a la realidad pero que se hace forma cuando tanto la necesito en una llamada, en una tarde naranja por el malecón, en un acorde inexplicable, en este momento en que escribo este texto y hago una pausa para ir a comprar y regreso con un Sorrento entre las manos.

20 febrero 2012

Algo

Algo,
algo que está sin estar,
parte del aire;
una magia
o una luz,
aquello tan lejano
que se posa en la ventana
sin avisar,
sin espera.

Algo,
algo que se presenta fugaz
pero que sólo se reconoce aquí,
en mí y en ti
y en toda esta inmensidad
de la que hoy somos parte,
que hoy bebemos entregados
en silencio,
convencidos.

Algo,
algo que envuelve nuestros días
y los abraza para sí
y los cuida para nosotros,
que nos toma de la mano
y nos pasea
por los parques
y por las playas
y por las nubes
y por las lunas.

Algo,
algo que ya se hace forma:
que se hace nuestro cuerpo,
nuestro tiempo,
nuestro alma,
nuestra vida,
nuestra poesía.

Algo,
algo que entonces
trasciende fronteras
y trasciende suposiciones:
que eres tú
y que soy yo,
al fin.

Algo,
algo que está sin estar,
parte del aire;
una magia,
una luz.

13 febrero 2012

Para Luis

La muerte llega de manera inevitable a todos pero sucede casi siempre que uno no está preparado para entenderla o aceptarla de esa manera; tan injusta que nos parece, tanta tristeza y amargura que nos produce, tanta pena, tanto pesar.

Luis Alberto Spinetta falleció, tenía 62 años y, sí, una enfermedad terrible; no era sólo un cantante de rock, no era sólo un músico prolífico.

Luis nos deja una obra invaluable que se registra en más de cuarenta años de trayectoria, nadando contra la corriente y yendo siempre al frente con propuestas netamente artísticas y alejadas del ruido de los clichés: supo desvincularse de sus bandas cuando su carrera requería de otro vuelo ya sea colectivo o más bien personal sin reparar en el costo comercial y/o popular que aquello pudiera ocasionar, es decir, la honestidad por delante de la mediocridad, como debe ser, la honestidad consigo mismo y, por ende, con nosotros, el respeto ante todo.
Luis no se conformó con los acordes básicos del rock, no se conformó con el 4x4 tradicional, no dejó que primara la pose sobre la sinceridad, no... es más, no se conformó con el rock: lo hizo girar, desde 1968 hasta el último disco, sus músicas transitaron además el jazz, el blues, el pop, el rock and roll, la sinfonía, el tango, la balada, la potencia de una guitarra distorsionada, la delicadeza de una guitarra acústica como única cómplice, la fineza de las cuerdas arropando su voz; el movimiento como respuesta ante la siempre inútil estatización, allí sonaba su actitud rockera, en el cambio constante.
Luis cantó siempre de todo aquello que sea parte de nosotros: el amor, la duda tan existencial como el propio ser humano, el medio ambiente, nuestros dioses, sobre el envilecimiento cotidiano, la añoranza por las cosas queridas, la cotidianidad barrial; letras algunas muy fijas, otras más bien dirigidas a nuestras sensaciones pero siempre dispuestas y acompañadas por aquellas armonías aparentemente inconexas pero ligadas con exactitud única, esos acordes y esos riffs tan característicos.
Luis, aquel artista decente, honesto, consecuente con su idea de hacer prevalecer el arte sobre las imposiciones comerciales y la vanguardia sobre la vulgaridad y el amor sobre la maldad, consecuente con darle importancia a su material reciente antes que atiborrar su repertorio con el material pasado; aquel hombre humilde y en su sitio, sin poses vagas y torpes, comprometido con la verdad.

Estoy triste, no tengo que negarlo, y aunque lo escriba y lo sepa, siempre una instancia tan delicada como la muerte me trastocará; estoy triste porque deja este espacio un artista al que amo profundamente, que supo estar sin estar, penetrar en mi corazón con ternura y también con rabia, hacerme dibujar en el aire imágenes reales e irreales que sólo se comienzan a descifrar mediante el lazo tan hermoso como el que cantaba su voz, así.
Estoy triste pero, en mi tristeza, me planteo que Luis habrá de estar en un lugar mejor, libre de tan penosa enfermedad, dispuesto a permanecer en nosotros como siempre... con tu música, con cada cuerda pulsada en las guitarras, con tus banderas desplegadas que las hacemos nuestras, querido Luis Alberto, ya nos encontraremos y cantaremos contigo las hermosas melodías del corazón, te quiero.