11 noviembre 2013

Hoy un señor me miró con desprecio

Y no lo culpo, para nada. Yo habría hecho lo mismo, de todas maneras, si viene un tipo como yo en la noche y pasa frente a mi casa.
No hay tanto que detallar: Serían las nueve o diez de la noche y yo estaba caminando de regreso a casa por la avenida Castilla, una de las casas tenía la puerta abierta y frente a ella estaba estacionado un camión, de cuya tolva salía o entraba algo parecido a una refrigeradora. Haciendo las veces de guardián, un señor que pasaría los 70 años se encontraba parado al lado del camión. Eso fue todo lo que vi en el poco tiempo que le presté atención a la escena. Pero cuando pasé por ella, caminando yo despreocupado y como quien mira algo sin importancia, me encontró una mirada asesina, la mirada del anciano, penetrante, inquisidora, rectora, que no me dejara hasta que yo me alejase de allí, hasta que no existiese más ¿como un peligro?, ¿como un recuerdo?

La vida es una locura. Está escrito en donde sea que lo quieras leer.
La vida es una locura y, como tal, permite múltiples lecturas de múltiples ocasiones. Aquel señor pudo haber pensado que yo era uno de estos chicos que roban cosas, que se dedican al robo menor, un chico sin oficio ni beneficio, claro, qué le costaría robarse algo, nada, seguro que se droga y lo que roba lo vende para comprar más droga y estar con esos fumones, malandras, el Perú no era así, carajo, qué ha pasado; antes, nuestros papás nos mandaban a la Escuela Militar y ahí sí que ni inconducta ni nada, todo estaba tan bien, tan estructurado, y ahora qué, la libertad, claro, la libertad, el libertinaje, los chicos que se van de un lado a otro sin saber nada de nada...
Cómo podría no haberme mirado así si el mundo de hoy exige ser un hijo de puta, un vigilante sin descanso de nuestro hogar, de nuestras cosas, de nuestro tiempo, si la sociedad ya no está compuesta por gente sino por animalitos buscando adaptarnos a la maldad y a la miseria; cómo no si anteayer a su nieto lo golpearon y lo dejaron ensangrentado en la calle por robarle su celular, un mísero celular, yo te dije que no lo andes sacando por la calle; cómo no si ahora soy un viejo aislado de todo, si tengo miedo, si no conozco al mundo más que por el noticiero y por la rabia y el dolor...
Cómo no, claro, cómo no, si mi hijo me abandonó, se fue de la casa, me dejó solo, a mí que sólo quería lo mejor para él, me traicionó, se fue con su libertad, su libertad, esa palabrita, si ya no sé nada de él, si en cada chico que veo lo veo a él y me entra una rabia incontenible, vulgar, asquerosa, una rabia que no soy yo pero que ha aprendido a vivir en mí como si fuera yo mismo, que tiene mis ojos, mi boca, mis miedos, mi rencor, una rabia que me paraliza, me divide en dos, me mata, me pega una bala en el corazón y no deja de desangrarme.
Cómo no si ahora que escribo esto me entra una pena infinita, sin límite, sin edad, y creo que me voy a morir como un viejo solitario, rencoroso, aturdido, sin esperanza de nada, de qué, mi hijo no va a volver, yo no seré joven otra vez, la vida ya no tiene sentido alguno y esta carta me confirma como un dolor ausente, estas palabras me confirman como una tristeza profunda, esta vida me confirma como una muerte.

Hoy un señor me miró con desprecio,
y la vida es una locura.

No hay comentarios.: