Mi nombre es Roberto, tengo 22 años y millones de sueños en el bolsillo.
Si me preguntas ahora mismo qué quisiera hacer de mi vida, no podría dejar de esbozar una sonrisa mientras te lo cuento, porque también estaría recreándolo en mi pequeña cabeza loca y siempre fui un tipo con buena imaginación. Y con ganas.
Me gustaría vivir en un departamento. Grande, con una cocina simple, un par de cuartos, un baño y que el resto sea espacio libre. Poder tener guitarras, teclados, amplificadores, la computadora para trabajar, un mueble para mis libros, otro para mis discos, paredes blancas para pintar. Que sea un ambiente iluminado, lindo, agradable.
Me gustaría vivir de las cosas que sé hacer con cierto talento. Me gustaría vivir haciendo discos, escribiendo, mezclando; estar de concierto en concierto, agradecer a todos los que vinieron esta noche, grabar mis canciones como yo las quiero hacer, escribir un poemario y presentarlo en las ferias, o una novela, o un libro de relatos, o artículos en algún diario o alguna revista, trabajar en audio, restaurando los antiguos y vistiendo los nuevos. Cuando me canse, hacer fotos, o videos. Luego retomar.
Me gustaría estar todo el tiempo escuchando música, leyendo. Tener una familia, hijos, salir al parque, montar bicicleta, jugar con ellos, aprender con ellos, mandarlos al colegio, hacerles la lonchera. Vivir.
Quiero ser un artista. En todo el sentido que la palabra abraza. Ser un artista de la vida, mirar hacia adelante, esforzarme, enfrentarme al diablo, a mis demonios, jugarme el pellejo por lo que deseo con todo el corazón, hacer de mi lugar en el mundo un espacio para ser feliz, formar un hogar, darle importancia a las cosas que realmente lo merecen, vivir del amor por el amor para el amor, amar a mi mujer, a mis hijos, mi vida. Ser un artista de la libertad, del pensamiento, de la risa y de la amistad, de la bondad. Un artista de la felicidad, de la sinceridad, del miedo y de las ganas, de volverse loco y cuerdo al mismo tiempo.
Quiero mirarme al espejo y ver a un tipo feliz, contento por quien es, por quien fue, orgulloso de sus pequeños logros, ansioso por los que llegan, soñador, impetuoso, exaltado.
Quiero con todo mi corazón poder despertarme cada mañana y hacer de la rabia una idea, una manera de andar por la vida encarando, siendo fuerte, arriesgando, luchando. Siempre fue así, y quiero que lo siga siendo.
Y morir, morir feliz, satisfecho.
Mi papá, sinceramente preocupado por mí, dice que me aventuro mucho con sólo pensar en esto.
Mi papá es buena gente y es un capo, pero ya no tiene algo que yo sí: ganas, y ánimo. Él también los tuvo, por supuesto, y supongo que cuando me dice aquello es porque él también soñó y se estrelló contra el mundo. Pero la historia no tiene por qué repetirse. Y si se repite porque el destino, Dios o quien sea, así lo quiere, pues disfrutaré el gozo, el dolor, la sangre y el hueso de hacer el intento, de no dejarme vencer nunca. Tengo miedo, por supuesto, pero el miedo no es más grande que el amor, y yo amo todo, amo vivir, pese a la vida. Porque además de las aspiraciones y los sueños que me roban la madrugada, soy un luchador. Siempre lo fui, y lo soy más cuando la llama que enciende mi corazón es esa misma que ilumina mi noche, cada noche, y me hace soñar.
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“Ojos de afuera” fue un momento muy lindo y muy revelador.
El que viene lo será aún más y me encontrará mejor, más fino, más irresponsable y más dueño de mí, con las consecuencias que eso pueda traer.
Gracias.
15 diciembre 2014
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