En el colegio -entre mañanas frías, timbres de recreo y Marlboro a la salida- había un curso al que nadie le prestaba atención, del que nadie se (pre)ocupaba, que era uno de esos cursos en que nos poníamos a hablar de cualquier cosa esperando que pasaran los lentos cuarenta minutos de la clase: Religión.
Desde que tengo mediano uso de razón (2do de Secundaria), pude darme cuenta que los cursos de Religión que recibíamos eran los mismos todos los años, que siempre intentaban explicarnos lo mismo y de la misma manera, y aun cuando cambiaban de profesores; y el hastío y la falta de interés se hacían notar de manera continua, impaciente tal vez.
Durante esos años, el temario del curso era similar: enseñarnos sobre la religión católica, la creación, los mandamientos, los pecados, la vida de Jesús, el Credo, la función del Papa, etc.
Y todo eso es interesante y es cultura general y sirve como información -no digo que no- pero era siempre la misma rutina, la misma presión, el mismo cuaderno celeste sin forrar con más garabatos y dibujos que clases anotadas.
Pero también recuerdo, y con alegría, a un profesor que llegó en 4to de Secundaria y que cambió la forma en la que se nos enseñaba el curso. Él nos preguntaba cosas de nuestra vida, nos contaba algunas de la suya y compartíamos experiencias que, extrañamente, desembocaban en la religión, en una religión que escuchaba y educaba y nos dejaba contentos porque, por fin, había llegado un profesor interesado más en nosotros -los alumnos- que en lo escrito en los libros y cuadernos. Pero ese profesor se retiró antes de que terminara el segundo bimestre y fue una alternativa que se esfumó sin darnos cuenta.
Pero, exceptuando ese hilo de luz, todo fue siempre igual y esa monotonía hacía que el curso sea tonto y no una opción de información y enseñanza. Tan es así que en los exámenes nos pedían opiniones generales sobre temas generales ligados a la religión y por eso casi todos aprobábamos y, seguramente -en el papel-, el curso era un éxito, un hit musical, mucho ritmo. Pero no era así.
Y fueron muchas las veces que pedimos un cambio, otra salida, que el curso fuese más interesante, que no sólo se centre en la religión católica. Queríamos saber de los musulmanes, de los mormones, de los cristianos (un amigo era testigo de Jehová y se excluyó del curso porque no le daban bola a su religión).
Yo sé, la mayoría de las personas son católicas pero eso no impide que se nos enseñe sobre otras religiones, religiones igualmente válidas y que merecen todo el respeto -mientras no agravien a la gente ni ofendan a las otras religiones-. Y sé que seguir un temario es una buena idea (y creo que es disposición del Ministerio de Educación) pero no se debería restringir así un tema tan importante, amplio y de cultura general como la religión.
18 octubre 2010
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