24 febrero 2014

Equilibrio

El cuerpo humano es perfecto.
Su desnudez es perfecta, su funcionamiento es perfecto.
Equilibrio. Ni una palabra más, ni una palabra menos.


Ver un cuerpo desnudo es hermoso.
Olvídate del morbo, de la sexualidad inclusive, olvídate de la pornografía y del calor. Un cuerpo desnudo es lo más hermoso que uno podría ver. La exacta conversación entre el rostro, el cuello, el pecho, las delgadas líneas que marcan la cintura, el camino hacia el pubis, el pene o la vagina, los muslos contorneados, las piernas rígidas, los descalzos pies sostenedores de mundo. No hay, quizás, algo más preciso y precioso que aquello. Por sí solo, sin motivaciones externas, es ya un fruto delicado de la naturaleza, del arte, de aquello que nos deslumbra y nos eleva como en globo a sensaciones hermosas, perfectas, sin bien ni mal, sin tiempo, sin historia. Es sólo el roce de los dedos por tus brazos y la piel que se eriza y la imaginación, la pureza, los ojos cerrados y el equilibrio.

Saber de un cuerpo exacto.
Un cuerpo donde todo se regenera, todo vuelve a sí, todo se reconstruye y es lo que fue siempre, para siempre o no, pero es y su presente le da sentido. Un cuerpo donde es todo fina maquinaria de sueños y funciones, donde todo vale todo y es la nada misma en la cual adentrarse es un viaje sin retorno; donde las células, donde los huesos, donde los tejidos, donde los músculos, donde las arterias, donde los órganos, donde las venas. Un cuerpo que es capaz de generar vida, un cuerpo que trasciende su forma sin dejar de ser él mismo, un cuerpo que se reinventa a cada instante, en perfecta comunión con su propio tiempo, su manera, su camino. Donde las uñas crecen, los vellos también, los sentidos se afinan y todo, absolutamente todo, gira entorno a un solo ideal: el equilibrio.

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