05 julio 2010

Quien toca la puerta

El cuarto en el que vivo tiene puerta a la calle.
Nunca debió ser una habitación pero es lo que hay.


Nunca sé quien toca la puerta; no sé si quien lo hace viene a matarme o a regalarme un cheque en blanco.

No sé si quien toca la puerta es uno de los tantos jóvenes en corbata que los domingos a las 8:00 am se esfuerzan en despertarme -a la mala- para ofrecerme una religión que no quiero.
Entonces, como no me interesa escucharlo -porque mi calidad de sueño es más importante- le digo: "no hermano, gracias". Y como insiste y no me deja otra alternativa, tengo que cerrarle la puerta con vehemencia y con el derecho que tengo a la tranquilidad.
Seguramente ellos pensarán que soy una mala persona, incapaz de escuchar o de abrir mi mente: que Dios los bendiga... pero yo no he pedido religiones por delivery.

No sé si quien toca la puerta es un encuestador (si es que realmente trabaja para una encuestadora, quizás recoge datos para luego robarme) que cuando me pregunta si tengo lavadora/cocina/refrigerador/computadora/otros y le respondo que no -"nada de eso, señor"-, cree que le estoy tomando el pelo o se ríe de mí.
Y me convierto, de manera inmediata, en un desconsiderado (si cree que le estoy tomando el pelo) o en un pobretón (si se ríe de mí).

No sé si quien toca la puerta es una señora despistada o con mala información que me pregunta si Laura vive aquí. Y como su llamado interrumpió lo que sea que estuviese haciendo, me incomodo un poco y le digo "no señora, se ha equivocado, Laura no vive acá".
Y entonces, la señora se va sin pedir disculpas o dar las gracias.

Y lo peor de todo: no sé si quien toca la puerta es un amigo.

Y a veces no abro la puerta, aun cuando sé que desde afuera se escuchan el televisor o el radio encendidos o que toco en la guitarra un tema de Spinetta.

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