02 abril 2012

Esta historia imperfecta

“Yo sólo tengo esta pobre antena que me transmite lo que decís”. Charly García.

El bus que me llevaba a algún lugar pasaba por la avenida Andrés Cáceres, una avenida sucia y descuidada por partes, luz roja del semáforo: allí, en ese lugar en el que nadie esperaría ver las flores, una imagen me habló una ficción que pinta personas y la vida.
Sentado en una vereda, con pocas y viejas ropas y una botella que contendría algún licor desconocido, pude ver a lo que parecía ser un mendigo, sucio, con una barba crecida y el pelo negro desordenado. De una casa cercana emergió una señora que se sentó a su lado, y empezaron a conversar.

Gustavo fue siempre un buen tipo, cariñoso con la gente que quería, atento con sus responsabilidades, alguien a quien podías confiarle tus hijos una noche; trabajaba en una papelera y, sin grandes lujos, le iba bien, o como se cree que significa “bien”. Algún día de su vida, toda la primavera se hizo otoño y las hojas cayeron sin avisar: se quedó sin familia y sin casa, sin amigos y sin dinero, sorprendido, ahora su lugar era la incertidumbre. Cuando se cansó de luchar y de buscar oportunidades hasta en el rincón menos pensado y sabiéndose frágil, decidió alejarse por fin de los lugares que acostumbraba y que -de alguna manera- eran un poco suyos y, rendido y entregado a la ternura ficticia de las botellas, su guarida fue la berma central de la avenida Cáceres, hace dos años, su guarida en la intemperie, nunca se imaginó viviendo en la calle, sin lugares adonde mirar, convertido en un estropajo.
Sonia vive frente a él, era una casa clara de dos pisos, con su esposo y sus dos hijas pequeñas, mientras él trabajaba y sus hijas iban a la escuela, ella se dividía entre la labor de ama de casa y las clases de piano que dictaba a los niños del barrio y que tanto le gustaba dar. Todos los jueves, su piedad le aconsejaba dejarle a Gustavo un plato de comida y un poco de agua, reducida por la idea de la bondad inalterable pero con total sinceridad, y él le agradecía con el respeto que aún le quedaba y le sonreía, ella se iba casi sin hablarle, susurrándole; con el tiempo, esa piedad se tradujo en los martes y los jueves y en sonrisas mutuas. Como a todos, algún día de su vida, toda la primavera se hizo otoño y las hojas cayeron sin avisar: la muerte de su esposo embargó a Sonia en una tristeza infinita y los martes y los jueves ya no fueron los días de la piedad cristiana, siguieron siendo los de las lágrimas inacabables y los recuerdos como dagas, como la furia de la vida, injusta y cobarde; el mundo ya no podía ser un buen lugar, el dolor dejaba de ser un concepto ajeno, ¿y ahora en qué confiar?.
Gustavo se extrañó por no ver a Sonia, no por los alimentos que pudiera dejarle sino por ella; pasó más de un mes y la berma dejó de ser su guarida, ahora él era el guardián incorruptible en la vereda de aquella casa tan amorosa, de pronto tan callada, él con su botella y su decisión. Hasta que de aquella puerta, una mañana de marzo con un sol reciente, salió ella, todavía de negro, y lo encontró sentado en su vereda, esperando, se acomodó a su costado, se arregló el pelo y le contó que ahora podía entender su pena.

Y el bus siguió su camino y el mendigo y la señora también, y yo, escribiendo esta historia imperfecta, la vida.

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