Puede parecer extraño o irresponsable pero hacerse el tonto es, muchas veces, una salida, una solución al problema.
Evidentemente, no es lo ideal para todo; hay que saber a qué uno puede restarle importancia, darles tiempo y asumirles paciencia. Hay que saber también qué no debe esperar, qué debe ser resuelto de inmediato.
Muchas veces he escuchado -palabras más, palabras menos- frases del tipo: "Quien es inteligente, sufre en este mundo", incluso un tema de Los Prisioneros dice: "siendo estúpido serás feliz".
'Inteligente' es una palabra muy amplia, pero si a 'inteligente' le llamamos a un mínimo de sentido común o de pericia o de alerta, pues yo me hallo en esas frases.
Por eso, a veces decido dejar pasar ciertas cosas que -en fin- importan menos que mi sueño o que mi Camel haciendo el crucigrama.
A veces es bueno no saber de algo, ser un ignorante, un estúpido o un desafinado si así, con esa conducta, se consigue la tranquilidad suficiente para respirar y pasear despacio en nuestro merecido y elemental metro cuadrado.
Pero, ojo, no se trata de conformismo ni de una depresión light; ahí está el detalle:
lo vital, esencial, para encontrar el equilibrio es poder darse cuenta de la importancia que toman las cosas en nuestras vidas.
Entonces, hay que saber qué es importante para nosotros, cuán importante y por qué; y esas importancias no siempre son iguales en todas las personas y hay que saber respetar eso.
Hacerse el tonto es un arma que hay que saber usar; no siempre es bueno saberlo todo (y parecer saberlo todo) así como no siempre es bueno ser (o parecer) un ignorante.
Todo depende del entorno que nos rodee y de la importancia que el 'problema' tome en nuestras vidas.
14 junio 2010
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