Hace algunas semanas conversaba con una amiga por el Internet; era de noche, tenía un café a mi costado y ella me preguntó si tenía sueño y yo -aparentando inteligencia y/o astucia pero siendo totalmente sincero- le respondí “no, tengo sueños”, y ella me contestó “cuéntame, ¿con qué sueñas?”...
¿Con qué sueño?, a ver:
Yo sueño con la libertad, con el amor, sueño con los sueños, sueño con la felicidad, con la aventura, con la música, con que la música sea parte de la vida de todos llegando por el camino más decente: el de la sinceridad; sueño con que la gente sea feliz y esté tranquila siendo tal y como es sin obligarse a aparentar posturas o conductas, sueño con que por fin se acabe esa expectativa ajena que pretende imponer condiciones y temperamentos; sueño con una sola religión que rija para todos sin necesidad de iglesias o sacerdotes ni de tanta parafernalia que abunda y paraliza: la religión del amor, la primera, la verdadera.
Sueño con una sociedad basada en el respeto y en los espacios individuales como la esencia de la tranquilidad y de la felicidad; sueño con que en un mismo lugar podamos convivir ricos y pobres, blancos y negros, hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales; sueño con la conservación de la magia de aquellas cosas que no se pueden tocar, que no se pueden ver, que se sienten con los ojos cerrados y el alma dispuesta.
Sueño con atardeceres de malecones pintados de naranja y de playas infinitas, sueño con amaneceres violetas y las primeras luces de la mañana y los primeros cantos de las aves; sueño con sentarme al piano y que frente a mí una multitud de corazones reciba y dé la entrega que corra por el aire.
Sueño también con la igualdad: con que dos chicas caminen de la mano y se besen y no haya caras extrañadas, con que Nombrecito salga a bailar con su nuevo peinado fosforescente sin que sea objeto de análisis prejuicioso; con que todos disfrutemos del mismo y básico derecho a tener un nombre y una familia y un pan y un médico y una sonrisa.
Sueño con la integración de las voluntades, con los deseos compartidos, con darnos la mano y avanzar -tal vez mediante distintos caminos- hacia un mismo fin. Sueño con que el concepto de superación no se banalice ni se entienda por cuánto dinero ocupa nuestra billetera sino por cuánto amor y cuánta decencia mostramos cada día en cada ocasión. Sueño con que el éxito y el fracaso sean entendidos como lo que son: instancias pasajeras en las vidas de todos, momentos que vienen y se van sin que estemos preparados para su llegada ni para su partida y que hay que saberlo así.
Sueño con las revoluciones pacíficas, con los besos, con los abrazos, con las miradas, con la ternura, con la complicidad, con la coincidencia, con la conspiración de los astros y de todo eso que no conocemos, la inmensidad.
Que “es muy difícil flaquito, haz tu vida tranquilo y no estés pensando tonterías, ¿para qué?, olvídate” me dirán y me insistirán y me acorralarán y yo gritaré y correré como un paria que no va a algún lugar, que sólo sabe que hay un destino: que los sueños se pueden hacer realidad si uno se entrega y lucha y ofrece su corazón con cada palabra y cada mirada, que nada es imposible, que todo empieza por la decisión y la pérdida del miedo, que “si no te saltas nunca darás un solo paso” como nos dice Luis Alberto, que hay que correr el riesgo de vivir y despercudirse de toda la mufa que nos rodea, no es tan complicado, que hay que ponerse la vida de una vez por todas y echarse a vivir, y ser feliz.
Y tú, ¿con qué sueñas?.
06 febrero 2012
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