Comienza un año nuevo, dos mil doce (dicen por ahí los impostores de siempre que se acaba el mundo: pamplinas, el mundo se acaba todos los días y estamos reconstruyéndolo todos los días, a paso de tortuga pero reconstruyéndolo al fin) y suele suceder, como en todos los inicios de año, que uno se hace planes, se impone actitudes y se plantea horizontes que, en tanto no nos aten, está muy bien tomarlos en cuenta aun cuando no los podamos cumplir a plenitud, así es la vida que nos tocó vivir querida: pero esta vez estoy decidido y no me detendré en piedades o en consideraciones.
Porque ya es hora de cortar con tanta mufa y tanta mierda que empieza a ser parte de nuestro paisaje ciudadano y ya no quiero más imponerme muecas postizas y sonrisas ajustadas y comentarios vagos para no incomodar; momento de decir las verdades y no callar y deshacer todos esos gigantes de barro que se plantan en mitad de la vía como una obligación, chau, no más, no quiero más hipocresía.
Es tiempo de decirle a los adulones y a los trepadores que, muchachos, se les nota, se les huele -y apesta-, se les ve a kilómetros la careta y se les escucha cómo mienten y engañan a espaldas de la imagen que pretenden imponer, pierden sus vidas queriendo mostrase como lo que no son; de decirle a todo aquellos fanáticos de la religión que no pierdan más sus días yendo a misa para figurar y dejando su limosna que -lo saben- termina convertida en la mensualidad del cura, ya sabemos que en tanto se les presenta la oportunidad de chismear o criticar despiadadamente y hurgar en la vida ajena ustedes están siempre dispuestos y, lo peor de todo, sin antes mirar cómo andan las cosas en su hogar; de decirle a esa gente que nunca se preocupó por cuántos años cumples hoy o cómo te está yendo en la escuela y que de pronto, aprovechándose de un gesto de amor que no les compete y nunca les competió, aparece con su cara extraña a saludar y sonreír sin despeinarse que vaya a hacerle el juego a otro, que yo no compro la desvergüenza ni la soporto; de pelearse si es necesario con los farsantes de turno en el mercado, en la prensa, en el barrio, en la familia, y desatar esos nudos idiotas e inútiles que dañan en lo más profundo sin detenerse; de salir a la calle con la actitud bien puesta porque nunca falta quien quiera bajar al fango para estropearnos el día o busque alguna piedra para hacernos tropezar; de indagar en cada una de las tumbas del pasado para no dejarnos sorprender por los indecentes y ruidosos que lo que quieren es usar nuestro olvido para engañarnos y manipularnos como todos los demás...
Éste es un texto optimista. Sí, porque pese a que contiene ejemplos y situaciones degradantes siempre está el afán -y la necesidad- de contrarrestar y hacer frente a tanta decadencia y tanta obscenidad que no deja de ser la rutina en las calles: es el momento de despertar, de rebelarnos, de deshacerse del ‘qué dirán’, de dejar atrás toda la miseria, de sacarse la presión, de desoxidarnos, de echarse a manejar la máquina porque se vienen tiempos pesados y hay que estar listos para todo; el fin es siempre el mismo: ser felices.
Eso es lo que nos salvará, y eso es el amor, nuestro amor, esa generadora constante de luz, esa usina dentro del alma: porque tener la actitud puesta y desafiante y la risa en los labios y los prejuicios afuera es una muestra de nuestro amor a nosotros mismos. ¿Qué esperamos entonces?.
23 enero 2012
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