No hay que mentir, no hay que disfrazar la verdad o endulzarla, es en vano, se ve a cientos de kilómetros. Y entonces no hay que escribir por ejercicio o por rutina, hay que escribir porque se tiene algo que decir, aun lo menor pero algo que decir, algo que se sintió, que se vivió, que se soñó, que se soñará, o que pesa.
Como hoy que, aunque tengo cosas que decir -y muchas-, no encuentro la manera de expresarlas de tal forma que puedan entenderse en su justa medida y entonces sería inútil e irrespetuoso forzarlas. Sólo puedo narrar, contarte mi resignación. O no, resignación no, esa es una palabra muy dura, o muy rencorosa. Sólo puedo narrar, contarte mi motivo por plasmar lo que siento, por darle forma; y aun así, si está, también es bueno dejarse llevar, que ocurra lo que tenga que ocurrir, y escribir lo que fluya, dejar que se escriba sola la canción.
Fluir. Palabra mágica. Mágica palabra.
Los textos que puedas leer son fruto de un molde estético que, casi instantáneamente, genero para la comodidad, una manera de que puedan ser entendidos; sin embargo, su origen es una mezcla de cosas que no tienen orden aparente, un caos organizado, un sinfín de pincelazos que brota del alma como una flor, que fluye. Y eso, esa vorágine, ese fluir, además de inevitable es único y como único hay que respetarlo y tomarlo en cuenta. Porque finalmente es mío, tuyo, nuestro, de todos. Y está siempre.
La inspiración puede llegar en cualquier momento: mientras tomamos una ducha, parados frente al malecón, caminando por calles desconocidas o al sentarse frente a un cuaderno o a un monitor, sólo necesita de señales para que llegue y nos toque la puerta; no hay reglas y eso convierte a la flor, y entonces la flor ya no es sólo esa flor, es una pintura, una música, un poema.
Mirar la vida pasar por entre las olas del mar o echado en la cama despreocupadamente, que esa flor se vuelva canción.
Por eso escribir debe ser un acto natural, porque nace de un acto natural, un sentimiento, algo tal vez invariable. Por eso escribir no debe ser un ejercicio de parafernalia ni de obligación.
Cualquier ejercicio que no nazca del corazón se destruye automáticamente.
Esto es mi verdad, soy yo.
Como hoy que, aunque tengo cosas que decir -y muchas-, no encuentro la manera de expresarlas de tal forma que puedan entenderse en su justa medida y entonces sería inútil e irrespetuoso forzarlas. Sólo puedo narrar, contarte mi resignación. O no, resignación no, esa es una palabra muy dura, o muy rencorosa. Sólo puedo narrar, contarte mi motivo por plasmar lo que siento, por darle forma; y aun así, si está, también es bueno dejarse llevar, que ocurra lo que tenga que ocurrir, y escribir lo que fluya, dejar que se escriba sola la canción.
Fluir. Palabra mágica. Mágica palabra.
Los textos que puedas leer son fruto de un molde estético que, casi instantáneamente, genero para la comodidad, una manera de que puedan ser entendidos; sin embargo, su origen es una mezcla de cosas que no tienen orden aparente, un caos organizado, un sinfín de pincelazos que brota del alma como una flor, que fluye. Y eso, esa vorágine, ese fluir, además de inevitable es único y como único hay que respetarlo y tomarlo en cuenta. Porque finalmente es mío, tuyo, nuestro, de todos. Y está siempre.
La inspiración puede llegar en cualquier momento: mientras tomamos una ducha, parados frente al malecón, caminando por calles desconocidas o al sentarse frente a un cuaderno o a un monitor, sólo necesita de señales para que llegue y nos toque la puerta; no hay reglas y eso convierte a la flor, y entonces la flor ya no es sólo esa flor, es una pintura, una música, un poema.
Mirar la vida pasar por entre las olas del mar o echado en la cama despreocupadamente, que esa flor se vuelva canción.
Por eso escribir debe ser un acto natural, porque nace de un acto natural, un sentimiento, algo tal vez invariable. Por eso escribir no debe ser un ejercicio de parafernalia ni de obligación.
Cualquier ejercicio que no nazca del corazón se destruye automáticamente.
Esto es mi verdad, soy yo.

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