Una escena de la película "Tinta roja", de Francisco Lombardi, muestra a un reportero y a un fotógrafo en la casa de una anciana. No recuerdo quién pero alguien había muerto y la señora estaba muy triste. Es entonces que le dicen que pose para las tomas. Así va a vender más, la tristeza será más triste.
En verdad, no recuerdo si la señora acepta o no pero la escena está ahí...
Era el final del gobierno de Fujimori; la prensa estaba comprada, las cortinas de humo eran el pan de todos los días para tapar las denuncias que los pocos medios de comunicación libres hacían.
Pues bien, hace unas semanas, vi un reportaje en uno de los tantos programas dominicales de la televisión. Trataba de una chica que había sido violada durante mucho tiempo por su padre -o su padrastro, no lo recuerdo-. Por un mínimo y obvio sentido de responsabilidad, un asomo de sentido común, le taparon el rostro y -creo- le cambiaron el nombre.
"Ustedes saben, periodismo serio, señores".
Y bien, la chica relataba entre sollozos la desventura que le había tocado vivir, la reportera se esmeraba por encontrar los adjetivos más próximos a la verdad... y así transcurría el reportaje.
El final fue el siguiente: la niña se sienta en la banca de algún parque, mira la fotografía de su victimario, luego la arruga y se va.
"Lindo reportaje, excelente. Un contenido social altísimo. Es que somos el mejor programa"...
Me parece que un reportaje de ese tipo (que -quiero creerlo así- tiene el fin de alertar a la sociedad sobre lo que pasa y sentenciar a los abusadores por su conducta) no necesita de un testimonio real o de una entrevista a la víctima, pero esta búsqueda de un alto rating parece una competencia de salto con garrocha.
Se parecen las historias, ¿no?.
No digo que estemos en la coyuntura del gobierno de la dictadura pero el barro, la miseria, el morbo que se vio en esa época parece haberse afincado en nuestros tiempos.
Parece que no hemos aprendido ni un poco. La TV sigue siendo escandalosa, hipócrita y los diarios van siguiendo -obedientes- esa misma línea.
Quizás la radio sea más coherente con su discurso y su obligación ante la sociedad y el Internet se convierte en una escapatoria, un refugio, un respiro.
Lo importante es no quedarse en la mediocridad.
Si sabemos cómo pasan las cosas (y no somos pocos los que lo sabemos), hagamos algo.
Nosotros, los consumidores del producto (televidentes, oyentes o lectores), dejemos de aceptar las órdenes de esta tiranía.
Y los que pueden hacer algo desde la base misma del problema, cambien las cosas. La calidad no debe ser tan rechazada.
17 mayo 2010
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