12 diciembre 2011

A venderme una religión

Jueves. Como siempre, mi día amanece a las ocho de la madrugada y no pienso en lo que haya sucedido antes, no existe -en todo caso- para mí, todo aquello que me importe empieza a las ocho, y esa atención se refuerza con mi atento café caliente de las nueve.

Escuché que tocaban la puerta con una violencia que no sólo me incomodaba sino que también me preocupaba un poco (pregunta: ¿por qué golpean tan fuerte la puerta?, ¿por qué ese escándalo?, ¿por qué esa manera desesperada de llamar la atención?, ¡eran las nueve de la mañana!, ¿por qué ese irrespeto?); di dos pasos y llegué a la puerta que, por suerte, tiene una pequeña ventana, la abrí y -con mi cara única de hijo de puta y de indignado y de asesino serial- revisé el panorama: resulta que era una señora a la que le aproximé cincuenta o sesenta años, de lentes, en falda y blusa larga y floreada con un maletín que le colgaba del hombro como una culpa e innumerables folletos de algo que yo, hasta ese entonces, ignoraba; la acompañaba, con una cara de interés tan fingida como la mía cuando estaba en la clase de química, un chico -que un día jueves debería estar en el colegio- estatizado por un terno que le quedaba grande y una corbata que seguramente estaría ahogándole la vida entera segundo a segundo; de fondo, otros dúos buscaban suerte en otras casas.
En fin, la señora -con su infinita bondad y la gracia del Señor- me preguntó si realmente conocía a Jesús, “que pronto vendrá a iluminarnos con su dicha”, “hijito, ¿tú sabes qué es el paraíso?”, “mira, te dejo esta revista para que la leas con tus papás y con una biblia para que revises los versículos y puedas entender la palabra de Dios y puedas ser feliz y, además,...
La interrumpí. “Ahora no señora, no tengo tiempo, gracias, y más bien le pediría que no toque tan fuerte la puerta” -le dije con incomodidad por su forma de golpear y por la inexacta ligereza y repetición molesta de otros de su mensaje.
- “Ay, perdón hijito, pero puedo dejártela revista sin compromiso -insistió- para que la leas, si quieres puedo venir otro día, si me dejas tu nombre o tu teléfono...
La interrumpí otra vez, ahora totalmente incómodo y fastidiado, casi gritándole “ya le dije que no señora, no insista, y me va a perdonar pero tengo cosas que hacer”. Cerré la ventana-no sin cierta violencia- y volví a aquello tan importante que estaba haciendo: estar tirado en la cama contando uno a uno los grumos del empaque donde guardo -como una reliquia- aquel set box de Luis Alberto y sus bandas que son eternas, como él.

Ahora, señora, tengo algo que decirle:
No regrese, no quiero volver a verla. No regrese con su cara de piedad a venderme una religión que no quiero comprar. ¿Dios?, Dios no entra en esta conversación, no mezcle las cosas, yo a Dios lo respeto, usted no porque usted utiliza la fe para manipular a la gente y yo con eso no transo. No se preocupe por mí, yo estoy muy bien sin usted. ¿Jesús vendrá a iluminarnos con su dicha?, no, ya lo hace hoy y tal vez lo siga haciendo aquí y en Oceanía y en Júpiter y en Urano y en otras galaxias también. Y si sé que el paraíso es lo que cada uno construye en base a su felicidad y a su tranquilidad y a no hacerle daño a los demás, señora, no es -exactamente- lo que dice un papel que usted se fuerza a entregarme pese a mi rechazo. Respéteme, vaya a hacer su vida por otro lado, no sería mala idea dedicarse a sus cosas, críe a sus hijos, coma chocolate, duerma, lea, vaya al cine, camine por el malecón; no use a los demás, no nos merecemos su desprecio. Yo seguiré mi camino y a las nueve de la mañana cocinaré frijoles y tomaré mi café y leeré el diario y encenderé un Camel mientras hago el crucigrama y escucho la radio y me rascaré y me ganaré el cielo y-o el infierno y me olvidaré de usted para siempre.
Y seré feliz.

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