Mi padre es un hombre cansado. Agotado, incrédulo, desamparado. Ha vivito tantas cosas, ha visto tantos entierros inútiles y cobardes. Ha peleado a su manera por sí mismo y ha caído rendido en su vejez con la resignación de cada golpe asestado de perfecta manera por esta idea nuestra llamada vida.
Mi padre ya no cree en muchas cosas. Me parece natural, lógico. Mi padre ya no cree ni en sí mismo y es que la rutina mata, rompe todos los espejos y, sin saberse uno mismo entonces, uno empieza a divagar.
Mi padre es un tipo muy abierto y muy cerrado a la vez. Es un enigma.
Su semblante augusto. Ahora mismo duerme y creo que es su mejor tiempo. Descansa, no saluda a nadie, no va a comprar el pan, no tiene deudas. Aunque ronca, creo que hasta el roncar le es placentero al dormir.
Mi padre es un tipo desesperanzado. Desengañado. Luchar nunca arregló algo y uno pierde tiempo, humor, familia y dinero.
Mi padre tiene un hijo de veintiún años.
Soy yo. Y yo sí creo en luchar para arreglar todo.
Resultan discusiones hermosas de aquella paradoja, luchar o no luchar.
Él me habla como quien alecciona a un pupilo, baila con el pañuelo de su experiencia y sus 44 años de ventaja sobre mí, él ya sabe cómo es, quiénes son y cómo evitarlos. Él ya luchó a su manera y perdió. Y no quiere que yo pase por lo mismo.
Yo tampoco lo quiero y, en suma, tampoco quiero un montón de cosas que, él sabe, significan aquella derrota para mí: los cansancios, los malos humores, los apuros, las malas caras. Pero tengo esperanza. No sé si por tener veintiuno, si por darle la contra por un espíritu meramente infantil (no creo mucho esto) o porque lo miro y veo casi todo lo que no quiero para mí. Como fuese, yo sí creo en luchar. Y creo en luchar sin perder tiempo, humor, familia o dinero. Porque se puede luchar de tantas maneras sin arrojarse al fuego, lo cual no significa falta de compromiso sino saber estar.
Yo creo que se puede hacer un mundo mejor.
Mejores chicos en mejores escuelas, con mejores compañeros, estudiando mejores sílabos y pensando en mejorar todo, hasta lo bueno. Yo creo como un ciego en eso. Y nunca podrán sacarme mi amor.
Ni la experiencia podrá, papá.
Será que tengo que vivir todo a mi manera, claro. Mi padre lo sabe pero una parte de él -que no se molesta en esconderse- me cuestiona. Cada día entiendo más que esa parte se llama amor, pero también cada día entiendo más que debo saber a qué partes de ese amor aferrarme, y aprovecharlo.
Y a qué partes no. Y cuánto molestarme. Y cuánto perdonar.
Y tanto más.
24 marzo 2014
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