Y si no lo hace ya, pues debería. Con toda la razón, con toda la barba y con todo el silencio. O mejor sería con toda la bulla.
Martín estudia con nosotros Ingeniería de Sonido. Cuando hablo de nosotros, hablo de veinte personas compartiendo un mismo aula en Salaverry con Del Ejército. Pero debe despreciarnos.
Martín es un chico que tendrá la edad promedio de nosotros, veinte, un poco más o un poco menos; camina despacio, habla lo necesario, no molesta a nadie, no se junta demasiado a ningún grupo que pudiera formarse, no come triple, no toma gaseosa, no fuma, no se duerme en clases, no tontea y no se regresa a casa con alguien como compañero de camino. Así las cosas, tampoco es un huraño ni mucho menos: si alguien le conversa, él, gustoso, charla con esa persona y se ríe (y verlo reír es casi un descubrimiento científico), parece una buena persona, alguien en quien se puede confiar, pero no se toma demasiado tiempo en tomar iniciativas. Y creo que mucho no le interesa.
Y debería despreciarnos. Claro, porque Martín no se copia en los exámenes ni juega sucio, y ha de saber perder si resulta justo, no hace chistes en clase, presta atención a lo que dicen los profesores, estudia y no sólo lo hace un día antes de algún examen, es respetuoso, es responsable, pide silencio para poder entender algo, es criterioso.
Pero es extraño también. No sé, quizás sea yo quien esté mal, aunque tampoco he venido para hablar mal de él ni mucho menos, yo lo respeto. Pero sí me resulta extraña su manera de ser, o creo que es algo que yo nunca he visto y por eso me resulta extraño. Lo digo porque empiezo a pensar que Martín no es un extraterrestre -como pudiera parecer a simple vista- sino que tiene su manera particular de divertirse, de ser él mismo. Lo que sucede es que su manera no es la de la mayoría pero, a quién le importa. Porque si alguien hace un chiste, él se ríe, aun estando en la clase, él se ríe, pero sabe reírse, y dejar de reírse también. No es hipocresía, ojo, es criterio. Mientras tanto, nosotros nos quedamos en plan de casi galifardos con nuestras carcajadas abrumadoras e irrespetuosas que irritarían a cualquiera.
Nosotros, más bien, somos hipócritas, bulleros, malos jugadores, ociosos, y ésa es nuestra manera. Y Martín debe despreciarnos. Y si no lo hace ya, pues debería.
Nosotros somos quienes traemos los chistes, quienes nos jugamos con los profesores en la delgada línea que separa a la confianza del insulto, quienes comemos en clase, quienes jugamos con el celular en vez de anotar en los cuadernos, quienes nos quedamos dormidos. No se sabe a ciencia cierta qué demonios hacemos en el Instituto si no estudiamos, qué demonios hacemos compartiendo el mismo aire con Martín, el buen Martín, que es un muy buen alumno en todos los cursos, hasta en los que menos le interesan para su futuro haciendo música para videojuegos.
Martín sale del Instituto, cruza Del Ejército y sigue por Salaverry, solo, con su barba y su andar lento, con las manos en los bolsillos. Creo entender que busca la soledad. Con compañeros así, parece lo mejor. Pero a él no le afecta esa soledad; por el contrario, la disfruta y hasta creo que la defiende, como debe ser. Es suya. Merece respeto. Algo de inquietud me da, sí, pero hasta ahí nomás. Como debe ser.
Y pienso en todo esto cuando justo antes de llegar al paradero pasa el bus que debo tomar, y pasa vacío, como nunca lo está, y mi boca es la guarida de las groserías y las venganzas.
21 octubre 2013
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