Es muy interesante recordar historias pasadas porque uno se
redescubre y se analiza en diversas situaciones y, a veces, puede resultar
productivo respecto a lo que hace y vive ahora... y hasta puede reírse, y
bastante.
Recuerdo las primeras canciones que escribí, tendría once o
doce años.
Una de ellas reflejaba mi febril y primaria pubertad sexual
y una cierta necesidad de expresarme ardorosamente (prefiero no contar cómo era
el coro); otra -un poco más madura- se llamaba "Bajo las gafas”, no
recuerdo de qué trataba pero sí recuerdo que tenía una música bien interesante
porque era un tema oscuro pero muy vivo a la vez y mi papá me lo felicitó;
también le robé unas frases a Calamaro e hice una canción que, para mi suerte
judicial, he olvidado; un poco más adelante, influenciado por el “Ojos rojos”
de Fito Páez y esa mención que hace a varias chicas, le escribí una canción a
una chica un año mayor que yo de quien me había enamorado y se la canté y luego
le dije que se la había escrito y que estaba enamorado de ella, que si... por
supuesto, me dijo que no y que siguiéramos siendo amigos y, años después,
cuando volví a revisar mis canciones y la vi, la pensé y en verdad no era muy
buena, creo que de allí viene mi desapego a dedicarle canciones mías a alguien,
me terminan pareciendo insuficientes, prefiero hacerlo con ajenas, al menos por
ahora (lo siento, amor).
Luego de ese par de años, hubo un tiempo, quizás siete meses, en los que me
puse a escribir todo lo que pasaba por mi mente, desde dos líneas hasta
canciones inmensas; había una que se la dediqué a una chica en el colegio que
era insoportable, otra que hablaba de la muerte, otras de amor, había una que
hablaba del país, otra de la esperanza, y así, y los textos de esas canciones
los publicaba en un blog que tenía al que titulé “Cagiosuao” (pronúnciese como
se lee), una palabra que se me presentó en el instante, me gustó fonéticamente
y quedó, creo que nunca le atribuí ningún significado específico más que el de
algo bueno y esperado.
A partir de ese blog y de la llegada a casa de una laptop
prestada a mi hermano fue que decidí grabar un disco. Sí, qué insolente este
mocoso; había un programa de grabación de audio instalado allí, yo tenía mi
guitarra y las canciones, no necesitaba nada más. Escogí diez canciones
(“Casa”, “1ro de enero”, “Cagiosuao” son algunos títulos que recuerdo), grabé
con mi guitarra acústica, mi pianito de juguete en una canción, hice
percusiones haciendo ruidos con la mesa y la voz. Dibujé el arte de tapa y el
disco se llamó “Cagiosuao”. Regalé cinco copias a unos amigos y allí quedó
todo, ni yo tengo ese disco (y, por su bien, supongo que ellos tampoco) y fue
una etapa linda pero cerrada.
Porque quería ir a más, sabía que podía, dejé de escribir un tiempo y luego
retomé pero de manera más tranquila, más madura tal vez. Escribí cosas mejores
pero me he quedado con esa sensación hasta hoy, pensando en que los temas aún
pueden estar mejor y allí están, apuntados en un cuaderno, algunos temas casi
terminados, y cientos de papelitos con ideas sueltas, versos, armonías...
Quién sabe cuándo pueda volver a ellos, ojalá sea pronto
porque me gusta escribir y creo que esos temas tienen madera. Me quedo con las
experiencias anteriores, pensándolas, analizándolas y, a la vez, siempre con la
intención de seguir en pie y escribiendo y hablando de las cosas que (me) pasan
y que tengo ganas de compartir.
Pero primero lo primero: debo llevar mi guitarra a que le reparen el jack,
permiso.
19 noviembre 2012
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