Prostitúyete, drógate, come excrementos, vete a vivir a la calle, descálzate en el asfalto con espinas, sé promiscuo, ensúciate, tírate en el pasto y cuenta las hormigas, lánzate a las piscinas sin agua, estudia eso que nadie cree que resultará efectivo, cuida enfermos en los hospitales, canta en las calles llenas de desamor, pinta las paredes de tu corazón, vuela, aíslate del caos, hazte sacerdote, reza como un ciego entregado, date la espalda, contradícete, aférrate, duérmete.
Sé lo que quieras ser, sé feliz, pero no le hagas daño nunca a alguien, sé libre, sé feliz.
De eso se trata.
Uno busca ser feliz. Algunos buscan tímidamente, como entrando a una calle oscura sin señales; otros corren todos los riesgos y se entregan a la aventura de la sorpresa, del asombro continuo; otros dejan que las cosas fluyan pero siempre con un destino claro, al menos el principal: la propia felicidad. Pero más allá de las formas en las que cada uno busque esa felicidad (formas que, al final de cuentas, son decisiones personales y, en ese sentido, independientes de juicios de valor), hay una idea que debe primar para no terminar en una anarquía total, jalándonos de los pelos y otorgando culpas sin pensar: no hacerle daño a los demás, sé feliz pero no dañes a otros.
Para mí, eso es esencial. Busco mi felicidad como un sabueso, soy cauto a veces, soy aguerrido otras, pero tengo siempre claro que no puedo construir aquella felicidad a costa del perjuicio a los demás, el fin no siempre justifica los medios y es así que no puedo plantearme ir por la vida pisando las cabezas de los demás con la piadosa justificación de la felicidad. Y no se trata -al menos en mi caso- de miedo, de anticipación por temor a venganzas personales o de algo que parezca el destino, nada de eso, no me mueve la fascinación: lo pienso así porque sé que mi felicidad no sería tal, no sería cierta, sabiendo que detrás de ella está el sufrimiento de otro producido por mi afán. Para mí eso no sirve, hace retroceder la intención y a la persona y en ese cuadro la felicidad no convive, se autodestruye aunque no la veas. No puedo sentir verdadera mi felicidad si para conseguirla tuve que matar a alguien o dejarlo herido, simplemente no puedo.
Es solo eso, deja vivir, no ataques, sé feliz: no menosprecies tu propia felicidad haciéndola cómplice de tal miseria.
Algunos no lo entienden, o no lo quieren entender, no les conviene. Prefieren seguir siendo dictadores e imponer su conducta aun cuando esta implique el dolor de otras personas, no les importa, ellos son primero y segundo y tercero, nunca supieron del sentido de comunidad, menos aún de la decencia, ni pensar en la integridad: su afán de una supuesta felicidad los ciega. No son pocos, cuídate porque además tienen poder y rondan por las calles vestidos de amistad.
Por mí quédate tranquilo que no seré yo quien te clave una daga para poder sonreír, no me manejo en esos medios turbios, trataré de ser feliz como siempre lo intenté pero no me verás sacrificándote, nunca, no es parte de mi idea sobre la felicidad. Sé feliz.

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