Magdalena del Mar, es casi el mediodía, un parque en forma de pera -que hace algún tiempo fue el último rincón de los suicidas- me acompaña; el sol no cesa de brillar en la ciudad que por un pequeño instante no luce gris, más bien de color; el viento desordena mi desordenado cabello con un cierto desdén y, a la vez, con decisión; esta vereda está solitaria y sólo la habito yo y un rumor.
Malecón, y un gigante de agua frente a mí.
Las olas descendidas rozan la quietud de una orilla que espera, silenciosa,es una alfombra de arena tranquila, despreocupada; la playa, de todos y de nadie, abierta.
Vistos desde aquí, cuerpecitos uniformados montados en una tabla de locura desafían el comportamiento siempre incierto del agua, zambullidos y liberados a su suerte y a su arte, pendientes del arrebato del azar ajeno y propio.
Hay pequeñas lanchas que se aventuran a la mar como animalitos que van tentando su nueva estadía, como aquel que descubre a oscuras una habitación; navegantes que salen a buscar un alimento para su hogar o, tal vez, aquella libertad que la rutina distrajo sin importarle. Hoy, aquí y ahora, y desde siempre.
Se ve la Isla San Lorenzo como el bosquejo de un dibujo perdido, flotando en medio de una gran masa, lejana, inalcanzable, hermosa; la rodean aves que buscan un espacio donde estar, donde conversar, donde el eco de una brisa es sólo el murmullo de Dios presente, regocijado.
Pensar que más allá, después de aquella conjunción que forman el cielo y el mar, que mucho más allá, después de los peces y las aves y los astros y nuestros pensamientos, hay otro lugar, otra vida, otra gente, otro horario, otro idioma, otras costumbres, y que allá, tal vez, habrá alguien que esté pensando lo mismo que yo ahora, y se sorprenda tanto como yo ahora del mundo y de la inmensidad y de todo aquello que no terminaremos de comprender en esta vida o en ninguna.
Hay árboles a mi alrededor que no dan sombra, no saben dar sombra, están perfectamente aliados al tiempo y a esta circunstancia que me abruma de forma maravillosa, que me atrapa y me hace suyo por un instante y para siempre, mientras mi cuerpo quieto y asombrado me pertenece como nunca antes.
28 noviembre 2011
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