La vida nos parece indecisa, se nos muestra con rostros de alegría y también de tristeza.
Y así la queremos y, consciente o inconscientemente, nos aferramos a ella en todo momento, sea alegre o triste.
Vivir es una oportunidad, la oportunidad de ser feliz y de sobrellevar o superar los malos ratos que, inevitablemente, se nos presentan.
Algunos de nosotros tenemos la inmensa suerte de tener riñones, un hígado, un corazón. Y sin embargo, solemos detenernos y dejarnos vencer por problemas que, incluso con la importancia que tienen, resultan menores frente a otros.
A otros como estar postrado en una cama sin poder revertir la situación: no tener, por problemas de salud, algún órgano que sea vital. Y hay gente que espera, con el tiempo en contra, ese órgano que la salve de una muerte triste, lenta.
No hablo de compasión, de pena o de lástima.
Donar órganos es, quizás, la solidaridad perfecta porque devuelve la vida. Y la vida es el origen de todo, es la piedra base de todo lo que después se haga, la esperanza de ser feliz, de vivir con tranquilidad.
Es también discreta ya que -a excepción de la familia- nadie se entera de tan noble gesto. Entonces, por discreta, es también humilde.
Pienso que donar órganos es una forma de agradecer la salud que se tuvo y ¿por qué no hacerlo?, ¿por qué no darle una oportunidad a alguien y, de esa forma, agradecer lo que tuvimos?.
No es una simple ayuda que, si no se da, no importa. Es vital.
Es vital y está en nuestras manos la decisión de ayudar; es mínimo el porcentaje de la población que estaría dispuesto a donar sus órganos después de morir.
La solidaridad perfecta y humilde depende sólo de la educación y de la conscientización de que podemos ser mejores cuando ayudamos a los demás.
La solidaridad perfecta y humilde debe apresurarse en una sociedad que parece ir en cámara lenta.
07 junio 2010
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