Michael Jackson tiene el don de atraparnos y encandilarnos con su sonido y su baile y su propuesta. Digo que 'tiene el don' porque aún lo tiene, porque pese a que hace más de un año que no está físicamente aquí, su música forma parte de un legado inmenso y de una estética incalculable.
Quien guste de la música (y aun cuando no guste de la música de Jackson) podrá reconocer en su obra la búsqueda de un nuevo sonido, el planteamiento de una propuesta interesante; podrá reconocer la calidad de la música que ofrecía.
Debo decir que no soy seguidor de su música (de hecho, las canciones que he escuchado de Michael son las que pasan en las radios y no me he dispuesto a indagar mucho más) y, sin embargo, creo poder darme cuenta y acertar cuando la calidad artística toca la puerta y se adueña de un universo dispuesto a escuchar.
Y eso de dignifica, eso se quiere, eso se respeta.
Dignidad, amor, respeto.
Bastante distantes andan estos valores hoy.
Bastante distantes y ajenos a la memoria de un hombre que supo alegrar tantos corazones e influenciar a tantos nuevos músicos que esperan en el partidor lanzarse a una carrera en la que perder es suficientemente probable como para pensarlo dos veces y desistir.
Digo que andan bastante distantes porque hoy, a más de un año de su muerte, siguen haciéndose públicas noticias irrelevantes respecto a la herencia que deja o a la tenencia de sus hijos o a la administración de sus bienes, noticias que sólo deberían saberse en el entorno familiar de Jackson pero que inundan las páginas de espectáculos y chimentos de los diarios.
Y que andan bastante distantes porque, de forma vampiresca e irrespetuosa, las compañías discográficas abusan de las grabaciones que tienen y editan discos con temas inéditos del artista, ignorando su voluntad de no difundirlos o esconderlos o lo que sea que haya querido (y, al parecer y hasta ese momento, hacer que la gente los escuche no era esa voluntad).
Querer sacar provecho de la obra de un artista o, lo que es peor, de su muerte es un acto ruin, egoísta, irresponsable y poco decente.
Es que el arte y el comercio parece que no irán nunca de la mano, que siempre el arte habrá de ceder y achatarse ante la imagen inmensa y poderosa del comercio que, por otro lado, claro, da de comer.
20 septiembre 2010
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