“Amanecía brillante y luminosa la melodía...” Mientras cantaba esta canción, sentando en una banca del parque que tiene el perfume de los días más hermosos, se apareció frente a mí una escena que -no lo dudo- es una de las muestras de amor más sinceras que he podido ver: un chiquitín de siete u ocho años jugaba con su abuela a las escondidas; ella camuflándose detrás de un pequeño arbusto y él, riéndose y encantado, buscándola, encontrándola, abrazándola, amándola, corriendo tras ella envuelto por una alegría tan propia, compenetrándose con el sol de aquella mañana y las flores del lugar y el viento fresco que corría con él. Y yo, admirado, yo seguía pensando en la felicidad y en el perfume de los días más hermosos, como siempre, enamorado.
Compartir un bus, adivinar calles, ir al museo, aprender, admirarse, cuidarnos, ver patos en la laguna, comer chifle, algodón de azúcar, caminar, curiosear por Quilca los libros que no vamos a comprar, encontrarnos de sorpresa con el color y el grito desesperado de la Marcha del Orgullo Gay, sumergirnos en el mar de gente del Jirón de la Unión y terminar sabiéndonos la vainilla de la boca, seguir caminando, butifarras, seguir cuidándonos. Seguir siendo el amor, el perfume de los días más hermosos, el universo en expansión, la luz de nuestras horas; dos corazones que laten en una misma armonía, generan la canción.

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