"Siempre hay algo que perder en todo lo que se anhela, y eso es bueno recordarlo para no sufrir demás". Luis Renzo, mi papá.
Hay días ajetreados en los que, por más que uno se despierte temprano y lea rápidamente los diarios y no cocine siquiera, parece que las horas duraran sesenta segundos, en lo que parece que se rieran de nosotros, de nuestro apuro, de nuestras demoras, de nuestro caos; días que nos atrapan, días en los que uno no puede ni fumarse un cigarro, leer una revista, tomar una pastilla o sentarse a escribir tranquilamente sin pensar que ahora y después hay más tareas que realizar y, además, terminar.
Días de apuntes en hojas con letra ilegible merodeando entre la bolsa de pan y la Fender descansando en la cama (qué envidia me das, querida Fender); días de sobresalto, de no dormir, de despertar temprano y acostarse tarde, de tazas con café sin terminar y de paso presuroso y desafiante al viento. Es justamente en esos días en los que uno debe aprender a renunciar.
¿Renunciar?, qué injusto. ¿Por qué?, ¿por qué debo renunciar a algo que tengo que hacer, a algo que además -tal vez- quiero y me place hacer?, ¿por qué?, ¿quién me pega en el alma?, ¿quién me está diciendo que...?. Perdón, se me hace tarde, no hay tiempo para pensar demasiado, tengo que renunciar.
Es en estos días en los que, intentando zafar de la cadena, invento un tiempo, diez minutos por lo menos, para coger un lapicero y un papel y anotar lo que debo hacer -sin miedo y sin presiones- y analizar qué es lo que con mayor prontitud puedo cumplir (y, como dice mi papá, no sufrir demás) y qué lo que tal vez quede pendiente.
Es difícil, claro, porque es injusto, molesta, ofende, maltrata, no es depresión sino fastidio; es difícil pero no hay más alternativa, no hay más por escoger, no hay máquina del tiempo ni pócimas mágicas ni movimiento de nariz ni chasquidos de los dedos efectivos que nos permitan alargar el tiempo o regalarnos rapidez o ambas cosas, hay que renunciar.
Es así, hay que aprender a renunciar, tal vez a olvidar un rato, a dejar pasar por un tiempo.
Pero, aun con todo esa bronca, debo decir algo muy importante: intentar; no hay peor gestión que la que no se hace y hay que esforzarse al máximo por cumplir lo que nos proponemos -a corto, mediano o largo plazo- y si, incluso así, poniendo todo de nuestra parte, no lo logramos, renunciar -dignamente por cierto, no hay algo de malo en aceptar una derrota- por ese día a ese deber incumplido no nos hará daño, ya habrá días mejores, no hay que desesperar.
Siempre hay algo que perder en todo lo que se anhela y eso es bueno saberlo para no sufrir demás.
13 junio 2011
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario