Hace muchos años, me compré unas zapatillas negras de cuero muy lindas. Son unas Converse comunes, con la punta sobresalida pero con la particularidad de que toda la zapatilla es negra, y de cuero. Son zapatillas preciosas, pero me traen un pequeño problema: una parte de la zapatilla izquierda no tiñó bien y a veces se blanquea un poco, con el uso, y se ve feo.
Aquello me obliga a ir constantemente a que las lustren, para que no se vea aquello blanquecino de la zapatilla y porque, claro, las zapatillas limpias y brillando son mucho más bonitas. Así, y desde hace cuatro años tal vez, voy regularmente a la renovadora de mi amigo Celso.
Celso lustraba zapatos en la esquina de Alcanfores con Diez Canseco, en Miraflores; yo lo conocí por mi papá, quien se lustraba los zapatos con él porque era un capo. Y lo sigue siendo. Trabajaba con más personas que hacían la misma labor, pero la de él era realmente sobresaliente. A los pocos años, la Municipalidad les quitó la licencia y el grupo de lustradores con los que trabajaba se deshizo, por lo que Celso alquiló un pequeño local al frente para seguir trabajando, se hizo de un ayudante y siguió. A ese local fue al que empecé a ir con frecuencia, primero por mis zapatillas negras y luego por otras, ya sea para que las lustre, las limpie; en fin, si las vieras, quedaban como nuevas.
La semana pasada fui para lustrar mis zapatillas negras. Cuando llegué al local, me encontré con que había una tienda de calzado femenino. “¿Sabe dónde está la renovadora que había aquí?”-pregunté, y me dijeron que dé la vuelta al hotel de enfrente, que allí estaba, en un nuevo local. Así que fui y encontré a Celso en su nuevo local, más chico pero en un mejor lugar, en un centro comercial en Cantuarias. Ya no tiene ayudante, tampoco televisión por cable, pero su trabajo y su corazón son oro.
Mientras lustraba mis zapatillas, buscábamos conversarnos. Él me preguntaba por mi papá, por mis estudios, me preguntó si sabía cómo podría arreglarse un parlante, si ya trabajaba, en dónde podría trabajar. Yo recordé que en una oportunidad anterior, él me había hablado sobre su hijo, que no sabía bien qué estudiar, que le gustaba la gastronomía pero que no estaba tan seguro y, con el fin de hacer más horizontal la conversación, le pregunté por él, por su hijo.
Sus ojos se hundieron en el cuero de mis zapatillas mientras susurraba las palabras práctica, trabajo, no le gusta el estudio. Entendí que su hijo no estaba estudiando, que le gustaba la parte práctica de la vida y ahora estaba trabajando; entendí la frustración de Celso, que quizás él no quisiera que su hijo se quede sin estudiar, que tiene miedo, que quiere que sea más que él, que logre más que él.
Cuando terminó de lustrar las zapatillas, me apuré en ponerme los pasadores, pagarle los inmerecidos cinco soles que recibe por el tremendo trabajo que hace y me despedí, fiel y amicalmente, como lo siento yo a él, como siento que es la gente buena.
Algo me dolía en el camino, y algo me duele ahora que lo escribo.
Perdóname Celso. La siguiente vez hablamos de fútbol, te lo prometo.
14 abril 2014
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