15 agosto 2011

Tanta mierda

Me molesta la hipocresía, la doble cara, la doble moral, el insulto encubierto, la sonrisa mentirosa y dañina, la maldad; tanta mierda de cierta gente.

De cierta gente llena de caretas y de poses, gente sin swing como dice Fito.
De cierta gente que vive en burbujas, pendiente de cómo la tecnología habrá de cubrir esa soledad que la embarga mientras toma un etiqueta azul, sentada en un sofá que está en medio de una gran habitación; que piensa en los Ray Ban y el Versace que va a comprar para que se le pase la depresión; que aparece en la sección 'Sociales' de las revistas con su apellido compuesto de sangre azul y la copa de vino en la mano con el único objetivo de figurar.
Gente que habla en voz alta de la paz, de la libertad, de la felicidad, del amor, pero que entre susurros juzga la orientación sexual o las amistades de la hija de su amigo ("pobre chica, tan temprano y se arruina la vida") con la firmeza que le brinda la soberbia y el prejuicio; gente que se aterra de cómo los provincianos llegan a la capital a ganarse la vida y que, sin embargo, la emplea para que se encarguen de las cosas que ella no y que ignora, y a quienes abusa de su nobleza, dedicación y necesidad y priva de entrar al mar sino hasta la noche, "la hora en la que el servicio puede bañarse en el mar"; que mira con dureza a quien se fuma un porro en la banca de un parque pero que, en la soledad de su casa con piscina, inhala unas líneas ayudada por la tarjeta dorada sin límite de gasto; que acude todos los domingos a misa -sin falta- y escucha los pasajes bíblicos y se golpea el pecho con una convicción que engaña y que, al salir de la Iglesia, desprecia a quien ose mirarla distinto que ayer; que conoce a quien será su amante en Acho mientras predica sobre el amor y el respeto hacia los animales y la fidelidad como base de la familia y la sociedad.
Gente que se horroriza cuando alguien cuestiona al Cardenal de programa radial sabatino y piensa al menos un poco distinto que él y lo elimina del directorio de su BlackBerry; gente que sentencia que sus hijos deben seguir una profesión que "tú sabes, que les dé plata y prestigio; para eso yo trabajo tanto y me sacrifico por ellos"; que vive obsesionada con los gramos demás que adquirió esa noche en la parrillada de la familia; que juega al golf o al tenis pensando en dejar la empresa a su hijo sin importar si él quiere hacerse cargo de ella, "si no le gusta no es mi problema, yo no soy su padre para preguntarle ni pedirle permiso de lo que decida"; que dedica su tiempo y sus arrebatos comparándose con los demás, comparando el abrigo, el reloj, los zapatos, el color de los ojos, el tamaño de los senos.

Gente que, tal vez, sabe que se engaña al leer esto con el ceño fruncido y una expresión de extrañeza sin admitir reconocerse al menos un poco pero, dentro de sí, un frío que cala los huesos.

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