17 marzo 2014

Lucho por mí

Estar aturdido. Jodido.
Difícil, más cuando la vida sigue y hay que ir a estudiar o a trabajar o existen obligaciones por cumplir, por ejemplo. ¿Cómo seguir cuando se tiene una máquina incesante trabajando en nuestra sombra tan cómodamente?

Luego de dejar pasar muchos otros por estar llenos, tomé un bus que me llevaría a estudiar. Ya estaba preocupado por la hora y el fastidio seguiría con el hecho de viajar parado, tremendamente incómodo en un carro que no es más alto que yo. Ni que nadie. Y bajar la cabeza (literal y metafóricamente hablando) y arruinarse más el cuello y la tranquilidad. Por suerte (y precaución), llevaba los audífonos puestos y la música, reina y señora de la vida, me descansaría el viaje.
Uno no controla la dinámica de las canciones. Sonaba una balada o algo parecido y, de pronto, un rock fuerte, muy arriba; los instrumentos se ubicaban decididamente en el barandal, los asientos y los pedales del chofer, como atrapándolos. Yo estaba pegado a una señora -tan incómoda como yo- quien, seguramente, estaría pensando “caray, este chico, ¿no puede bajar su volumen?” Y no, no podía.

Y el chico que jugaba como un desquiciado a mi costado, moviendo las manos y ocupando mi pequeño espacio en el asiento tampoco. Y la chica intentado pasar en bicicleta por la vereda angosta tampoco. Y el señor regateando al mínimo el precio en el mercado tampoco.


Nos supera.
Todo aquello que resulta molesto para los demás, suele no ser otra cosa que nuestra paz, nuestra salvación tal vez.
Después de un mal día, de una mala noticia, lo que sea, cualquiera quisiera salir de eso de inmediato, huir, correr y no mirar atrás.
¿Cómo, entonces, podría yo juzgar y sentenciar a quien sólo busca renacer?
Que existen mejores maneras, seguramente. Pero esto es una decisión de fuego. Aquí y ahora, no hay después. Es pasión, acción, reacción, reflejo. No predomina la razón y es totalmente natural, habrá de ser así en esas circunstancias.

Sólo queremos ser felices. Que nadie nos moleste, que la vida sea para vivirla contento y no para sobrevivirla como un animal. En ese sentido, todo acto es bandera, perseverancia y lucha. Sabrán perdonar las molestias ocasionadas, sabrán que mi tranquilidad me es más importante que una molestia instantánea e inocente de toda culpa.
Que me perdone el mundo, lucho por mí.

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