03 octubre 2011

Es el momento

El sábado 24 de setiembre de este año, un hecho no sólo opacó la realización del partido Universitario vs. Alianza Lima -el clásico del fútbol peruano- sino que alteró también nuestra conducta y reacción frente a lo que se nos presenta de manera inesperada y contundente: el hincha de Alianza Lima Walter Oyarce, de 23 años, falleció producto de su caída de uno de los palcos del Estadio Monumental minutos después de culminado el partido; las investigaciones han sindicado a dos personas como las que lo arrojaron de allí y de seguro le esperaran varios años en prisión.
Parece no estar de más lamentar y rechazar este acto por previsible, hostil, irrespetuoso, inútil, violento, malvado y cargado de odio.
Debido a esto, el gobierno decidió que la siguiente fecha del torneo de fútbol peruano se juegue sin público como medida para corregir los errores que, de alguna manera, posibilitan este tipo de incidentes; tras esta decisión, la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional suspendió esa fecha para también reorganizar sus acciones en torno a la seguridad en este deporte -y para no perder el ingreso proveniente de las taquillas, por supuesto-, y los planteamientos de jugar un clásico con las camisetas intercambiadas o que al estadio concurran mujeres y niños o sólo la barra local. Y así se van sucediendo intenciones y pequeñas decisiones entre la indignación general y la tristeza porque un deporte como el fútbol -un estilo de vida para unos y una distracción o nada para otros- se vea mancillado por la locura de unos pocos desadaptados.

Y así podemos -y creo que debemos- aprovechar todo este clima y este ambiente de pesadez e intranquilidad y debate -que suele durar lo que dura la repercusión en los medios- para empezar a pensar en una decisión más amplia, una que implique cambiar y refundar nuestra sociedad; que hay gente que no puede cambiar su actitud podrán decirme y sería verdad pero sería también una excusa que nos inmovilizaría y nos dejaría sin hacer algo, y eso resultaría perjudicial no sólo para nosotros sino para nuestros hijos y los suyos. Cambiar y refundar nuestra sociedad porque creo que no debemos seguir siendo espectadores de toda esta violencia que nos rodea, a la que ya casi nos acostumbramos, que se apodera de nuestros miedos y nuestros cuidados y nuestros rezos; violencia no sólo de estadios, violencia de televisión, de hogares, de escuelas, de trabajos, de frustraciones, de miradas.
Y para empezar a cambiar y refundar nuestra sociedad debemos retomar esa ya vieja y casi irreconocible práctica del respeto, del respeto al otro, a la calle, al ambiente, a la autoridad, a las diferencias, al respeto, desde las casas y los colegios y la política y el arte; repensar y replantear la educación que se les brinda a los niños y jóvenes que son, al final de cuentas, los protagonistas de los que podría ser una mejor sociedad, educación que promueva valores, hermandad, respeto, amor, educación sin diferencias de sexo ni de raza ni de religión ni de condición económica. Y -no se dejen engañar- para esta revolución de amor no se necesita de oportunismos de canciones de homenaje hechas contra el tiempo ni de alcaldes que se inventen monumentos irrespetuosos ni de congresistas que busquen figuración a costa de cualquier evento ni de ex dirigentes de clubes que persigan una revancha personal, no es momento para idioteces.

Es el momento para parar un poco y respirar y trabajar en conjunto para hacer de nosotros y de nuestra ciudad una sociedad digna y decente y capaz de tolerar que yo sea diferente a ti y que eso no nos niegue un abrazo.

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