Creo que fue el jueves cuando estaba caminando con unos
amigos y uno de ellos encontró una margarita y la puso en mi cabeza, mi oreja
la sostenía. Me agradó tenerla allí y me la quedé puesta, me tomaron una foto
que me gustó mucho, me llevé la margarita a mi casa, la puse en uno de los
lados del closet, conversamos, nos reímos, cantamos.
Es así.
Son esas cosas que nos encandilan en un momento determinado,
que nos encantan, que nos atrapan; no saben de tiempos ni de espacios ni de
esas cosas que atan a la quietud, no, son más bien libres, despreocupadas,
aprovechan su oportunidad y listo, brillan con su propia luz.
No se trata de alegrías pasajeras ni tienen su sonrisa
fugaz, simplemente ése es su tiempo, no necesita más ni hay que forzarlas.
No se trata tampoco del lugar que ocupan, pueden ser cosas
materiales o espirituales, no es importante eso, importa lo que nos hacen
sentir, lo que nos hacen emocionar.
Y a veces llegan cuando uno no está preparado para
recibirlas o se presentan de manera extraña, iracunda o leve, imagínate.
Lo que quiero decir con todo esto es que debemos ver más
allá: que no importan los colores ni las formas ni las maneras ni los tiempos
en cómo se presente la felicidad, sólo hay que vivirla, conversarle, reírse con
ella, cantar con ella, ponérsela en la oreja y que nos tomen una foto; lo que
pase después será motivo de otros momentos, de otras palabras.
24 septiembre 2012
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