No eran muy cercanos, es cierto; si se saludaban era porque se veían y,
bueno, había que saludar para mantener la cordialidad en el trabajo.
Ella tenía una personalidad aparentemente arrolladora pero no era realmente
así, a veces tenía momentos débiles que la apagaban un poco y que compensaba
con su perfume y sus caramelos de café en el bolsillo de la blusa; no es que
debiera ser lo que aparentaba aunque lo aparentaba decididamente y eso le hacía
daño, pero los días se transcurrían tan rápida e impiadosamente que no había
mucho espacio para detenerse en sensiblerías, hay que ganarse el pan.
Él, más bien, era un poco más reservado, lento pero seguro y, según dicen,
buen tipo; llegaba y se iba siempre temprano, tan metódico y correcto, daba el
asiento en el bus y consejos en el almuerzo. No me gustan las etiquetas pero
digamos que se lo podría situar en el “lado de los tranquilos”. Pagaba sin
reclamar cuando se juntaba un dinero para celebrar algún cumpleaños pero no era
él el más entusiasta ni mucho menos.
Una tarde, se encontraron almorzando en la misma mesa y ambos se
sorprendieron. Ella por estar almorzando con él y que no sea una mesa aburrida,
y él porque ella estuviera almorzando con su compañía. No se sentía menos que
ella, ojo, sólo diferente. Pero allí estaban, y empezaron a conversar, como dos
buenos desconocidos, de lo primero cercano: el trabajo. Que si se acumulaban
los documentos, que si el gerente los presionaba demasiado; ambos con un poco
de cuidado de no hablar de más pero hablando al fin y al cabo.
Así, fueron haciéndose más seguidas las ocasiones en que compartían ya no
sólo la hora del almuerzo, también pequeños recesos inventados para los
caramelos de café y los “escucha esta canción”. Y habiendo cada vez más
confianza, ella le contó un problema que tenía en casa, con su madre, estaba un
poco mal de salud, y sus ojos le pedían consejo, y él intento consolarla,
calmarla en su pena; conversaron un rato y cada cual tomo camino a su destino.
Días después, él le preguntó cómo seguía el tema de su madre, “mejor, gracias”,
y la confianza crecía y las sonrisas también.
Algún lunes gris, él había llegado muy temprano a trabajar, tenía que
terminar unos pendientes sí o sí, y ya estaba instalado frente a su computadora
y una torre inmensa de papeles. Cuando ella llegó, a un minuto de las ocho,
saludó a todos, “hola, hola”, y, al acercarse a él, bajo la cabeza y le dio un
beso en la boca que él, tímida pero gustosamente, aceptó.
Cuando la sorpresa la hizo alejarse de él, lo miro extrañada, río, y se fue;
él rio también y siguió con su trabajo, y con su día, y con su semana. El beso
no se volvió a dar, no tenía por qué y ni él ni ella necesitaban explicaciones.
Habían entendido que así también podían pasar las cosas. Que el erotismo y
la seducción también podían presentarse de maneras tan secretas o extrañas y
que ese beso no era más que la representación de aquello, un instante de
confianza e intimidad amical que acaba cuando debe acabar, no es una historia
de amor ni un compromiso ni una confusión. Es lo que debe ser, y dejemos que
así sea.
- “Hola Luis, ¿cómo estás?”
- “¡Hola Vivi!”
- “¡Hola Vivi!”

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