20 enero 2014

Volver

Odio este calor. Odio esta incomodidad, la impotencia de no poder estar tranquilo, salir a caminar, mirar al cielo, bañarse, nada de nada. Todo está supeditado a cuán sofocados estemos o lleguemos a estar según lo que hagamos. Uno no puede tomarse ni un café porque, claro, el agua caliente, sudor. Ni bañarse con agua tibia. Ni salir a pasear. Ni caminar media hora luego de comer para hacer una buena digestión. No. Nada. Todo se resume y se reduce al nivel de incomodidad con que escribes estas letras en Word.

A la vez, amo el verano. Bueno, digamos que lo aprecio. Sí, ésa es la palabra indicada. El verano me recuerda la esperanza, la alegría. Debe ser porque representan las vacaciones, porque en verano se acaba un año y empieza otro y uno suele hacerse planes que, aunque quizás no llegue a cumplir, se los traza con tal voluntad que, caray, emociona y hasta ganas dan de que se hagan realidad ya mismo.

En mi caso, el verano y el calor se me hacen insoportables por sí solos, sin representar nada más que su sola presencia en la vida y el cosmos infinito de la galaxia. Llámalo como quieras. Me irrita, me molesta. Me quema, me suda, me sofoca, me intranquiliza, no me deja en paz y trae a la casa a las siempre tan siniestras polillas que se comen las cajas de cartón de los discos, y a las cucarachas, claro, que si no están hurgando en la basura y no dejándote dormir con el ruido que hacen al roer, pueden sobrevolar tu techo, tranquilas.
Pero también el verano y el calor, como decía más arriba, me traen un saborcito interesante. Vale decir que el colegio no me gustaba para nada y que el fin de año y las vacaciones eran la excusa perfecta para la soledad, para conocerme por otro año consecutivo sin éxito pero con ahínco y para, no sé, hacer planes. Planes que con el paso de los años he ido perfeccionando, claro. Si antes quería dejar de fumar los Pall Mall mentolados que me dejaba mi papá en su mesa de noche, pues ahora quiero dejar de fumar los Marlboro que me compro en la tienda o los Camel que deja mi papá y escribir canciones. Y ahí vamos. Me entusiasma que sólo hayan pasado veinte días después del brindis y la pirotecnia. Ahora la vida de verdad, la cancha lluviosa y la pelota en los pies.

Acabo de leer algo sobre los Illuminati, ciertas familias que supuestamente gobiernan el mundo con el poder económico, los judíos, los masones, Lucifer, Jesucristo, George Bush y Bin Laden, las torres gemelas, Francisco I. En cierto modo, debo reconocer que me divierte leer este tipo de cosas, me parecen alucinantes, divertidamente paranoicas, locas e inalcanzables; me mueve un poco el morbo aun cuando sé que eso podría ser cierto, o tal vez no, sólo un invento. Quizás por eso me divierten y no me preocupan. No lo sé. Lo cierto es que es algo a lo que no le hago caso. No me interesa tanto. Y este ejemplo de la paranoia y las teorías de la conspiración y más figura bien a lo que me enfrento.
Al sinsentido. A lo que no importa, aun siendo verdad. Es más importante ser feliz que conocer todas las verdades. ¿Mediocridad? Si quieres. Para mí es felicidad, tranquilidad y tomarme un café caliente en verano, aunque termine sofocado. El resto puede esperar a la reencarnación de mi reencarnación a ver si le importa un poquito.

Como sea.
Dicen que uno siempre está volviendo.
Yo vuelvo.
Todos los años estoy volviendo.
Todos los segundos estoy volviendo.
Lo más lindo, es que vuelvo acompañado de los enemigos.
Y ya conozco sus puntos débiles.
Y ya conozco los míos.
Y a la vez no conozco nada de nada.
Y a la vez no me interesa.
Y se enfría mi café.
Volver.
Gracias.

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