Soy una respuesta, agresiva, penosa.
Soy lo que el mundo y la vida han moldeando a base de golpes y sangre,
aunque también soy lo que me he decidido intentar ser para no morir atado de
manos sin al menos luchar por ser feliz.
Soy un hijo de puta porque la sociedad en la que vivo me obliga a serlo, me
obliga a llevar la guardia en alto, a excavar las calles con la mirada; pero
también soy la contraparte, la antítesis de aquello obligado, quiero brillar y
no pretendo que mi vida se convierta en una cruz permanente, intento darme la
oportunidad de salir del barro para bailar.
Soy fuerte, luchador, y me ha costado lágrimas y horas de sueño defender lo
que considero justo para mí aun cuando a veces el viento juega en mi contra;
pero también me quiebro y me descubro inconsolable e inmóvil frente a
situaciones que me sobrepasan, por poderosas, implacables, asesinas.
Soy el dolor del perro, la herida sin curar, la migraña constante y
punzante; pero también soy los momentos en que rio en el Carnaval y me mojo los
zapatos para sentirme vivo.
Soy el tipo que apesta, el borracho de la esquina, el loco sucio, el
dirigente corrupto; pero soy también el tipo sensible y cuidadoso, el que da el
asiento en el bus, el que pide permiso, joven correcto.
Soy la tortuga, ese caparazón imposible de penetrar que esconde una mirada
de miedo, de espera, lenta y desencajada; pero soy también la mariposa que se
abre a volar, frágil pero decidida, la libertad, entregarse.
Soy el travesti vejado por sus hermanos por no saber llevar el título que
el apellido impone como un fuego, varonil e infranqueable; pero también soy el
travesti que marcha por justicia, por verdad, lleno de brillos, lentejuelas y
excentricidades.
Soy el basurero, asqueado de esta ciudad sin valores y sin principios,
hecha un alboroto andante, un cambalache, decepcionado; pero también soy el
basurero contento con sus audífonos que recoge las miserias de las avenidas y
las hace canción, carpetas para los niños de las escuelas, habitación.
Soy un triste tigre encerrado en las rejas de un zoológico que no es mi
casa, con la mirada vagabunda y errante, a la vista de miles de desconocidos
que me miran como a un cadáver; pero, a la vez, soy el mismo tigre fiero y
sensual de la selva, del aire, de la naturaleza que me quiso libre y que
defenderé con las garras que me quedan.
Soy la espiral en la que se confunde toda la miseria y toda la pena, el
dolor, los desaparecidos, los fantasmas del miedo, los relojes incansables, el
desamparo; pero también soy su vuelta atrás, la persecución incesante de todo
eso que se sueña, la tranquilidad, la armonía, la paz, una esperanza que no
duerma, sonreír, desafiar, darle vuelta a las hojas, sonreír.

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