19 mayo 2014

Desprecio

Otra vez.
Estaba sentado en el bus, regresando a casa luego de un día corto pero cansado, a la mitad. Mi asiento daba al pasillo y desde allí podía ver muchas cosas. Al hombre con las bolsas con detergente, al escolar con su mochila inmensa y obscena.
Cuando ya la gente iba parada en el pasillo, noté algo extraño: en la segunda fila de asientos había uno vacío. La gente que ya estaba en el bus no se acercó a sentarse allí pero quienes recién subían y veían aquel asiento como la salvación de sus cansancios sí y se encontraban con la mala noticia de que no, no se sentarían.
En el asiento de al lado, estaba sentada una señora. Le echarías cincuenta y pico de años pero el botox no había resultado tan malo y los cuarenta y tantos no sonaban tan desatinados; rubia, de pose altiva y real.
Por cualquiera o todas las razones, podías sospechar que era ella la razón de que aquel asiento estuviese desolado.

Ésta es la versión de mi abuela, que estuvo allí hace mil años.
Dice que ella estaba en el asiento posterior a la señora y escuchó las solicitudes de “permiso” por parte de los pasajeros y la razón de ella. Que a cada persona que llegaba, le decía, con total solvencia, “perdone joven -o señorita-, yo he pagado dos pasajes y este asiento me pertenece”. Entre la incredulidad y el estupor, algunos pasajeros se resignaban a su suerte y proseguían su camino por el pasillo a la espera de que alguien desocupe su asiento. Otros susurraban palabras dirigidas a la señora y no faltaron quienes le reclamaban al cobrador su conducta pero él estaba más pendiente de cobrar el pasaje a la gran cantidad de gente que en cada paradero subía al bus.
Dice, también, mi abuela, que el tono de voz de la señora tenía olor. Olía a asco. A asco y a miseria.
Nadie podía acercársele, nadie podía ser parte de su realidad. El mundo era ella, ella y la burbuja que construía cada vez que debía enfrentar la calle.
Su desprecio era robarle la oportunidad a alguien, su desprecio era el desprecio del mundo.
Es.

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