Es un cuadro alto con el marco dorado y un diseño antiguo en él, sufre un desgaste por el paso de los años y el poco cuidado y entonces ya se ve deteriorado pero no deja de ser un cuadro elegante. De poder tocarlo, notarías que tiene una textura áspera como la de una tela envejecida, raída por el tiempo. Huele a golpe y a humedad, a maderas escondidas. Está a mitad de un gran pasadizo en el palacio que conecta el comedor con la habitación del Rey.
En él, se puede observar una imagen cotidiana. Es la de una mujer, vista de espaldas, sentada frente a una mesa enmantelada de color granate que contiene una fuente con frutas, un plato vacío, cubiertos, servilletas, una copa y una silla delante de ella a la espera de un acompañante.
El cuadro está allí. Tiene una sensualidad vieja, como un animal en reposo. Pero es un animal herido, un león majestuoso pero herido, desgarbado bajo la sombra débil de un árbol, sin comida, sin compañía, sin un entorno y sin una naturaleza propia de su especie. Está callado, quieto. Espera con sus ojos afilados. No sabe qué pero espera. Y se queda allí, inmóvil, perdido.
Ése es el cuadro. Como un recuerdo, una vieja fotografía sin algo que contar, un abismo.
Ése es el cuadro. Y tú no estás allí.
Tú eres un animal joven, un pasajero movedizo, el viento, la oportunidad, el nuevo arte, el camino.
Sigue.

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