El tiempo, que es un verdugo enmascarado y sin piedad, no se detiene, él
sigue su camino y es un vendaval.
La vida moderna, los aparatos, las hamburguesas; toda la vida parece quedar
atrapada en el instante en que se sucede, uno es aquí y ahora, un segundo
después es una eternidad en la que no se piensa, muy distante para alejarse del
celular y no perderse en pantallas de color. Todo se reduce a monosílabos sin
ardor, sin calor; el semáforo en rojo es una cárcel que desespera, nos detiene,
¿para qué?, “yo quiero llegar ya, ahora mismo”, yo soy yo, ellos no son parte
de mí, son mis enemigos, ¿a quién debo matar para seguir?
Es la garra de una miseria que desentraña nuestros impulsos más ruines y
destemplados, un fuego en los ojos pero no de pasión sino de desesperación. Ya
no es la poesía del “aprovechar cada segundo de la vida”, es estar pegado a
novedades y tecnologías que construimos para que nos destruyan, se vuelven
inmanejables, un arma de doble filo que nunca sabremos llevar. Ahora es ahora y
es un cuchillo que nos clavamos como ciegos, sin saber del dolor porque es un
placer inmediato, no hay mirada más allá de nuestras narices ni hay futuro más
cercano que el de nuestros dedos sobre las teclas.
Vivir se convierte en una secuencia de fotogramas, dibujos en que
aparentamos un confort mentiroso, inválido, cuesta abajo. Pero seguimos
inventando maneras de hacernos daño, ¿y la vida? Bien, muriendo por nosotros.
Al loco de la calle ya no le interesa, no es un loco, es presa de su propia
ambición; es el chofer del Mercedes Benz, es el policía que se deja corromper,
es la cámara que filma sin mirar, es la sociedad que contempla sin cuestionar.
Hay una especie de inmovilidad que nos ata a un estado en que ya nada
importa, en que ya nada pertenece a nada, y así está bien, todo tan todos y tan
de nadie a la vez. La vida se hace una rutina donde cumplimos roles que no nos
corresponden pero que nos satisfacen en lo inmediato, una mentira que decidimos
vivir entregados.
Caminamos por la calles sin mirar, conversamos con los amigos sin escuchar,
comemos la comida del día sin disfrutar, abrazamos a nuestros hijos sin tocar.
Ya no. Ya no. No hay sudor, no hay lágrimas, no hay emoción; sólo una persona
muerta mirándose al espejo todos los días si n saber lo que ve, sin sentir.
Y el tiempo, maldita daga, lamiéndonos los pies.
06 mayo 2013
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