28 enero 2013

Jugamos para el enemigo

Viajar en un bus es, muchas veces, aventurarse a experiencias nuevas, aprender un poco más sobre la vida y esas pequeñas cosas que, al final de cuentas, son las que nos conforman como personas, desde el sentido más individual del término hasta su significado en la constitución de una sociedad. Por eso, intento estar siempre atento a lo que pasa, no desde el plano fisgón ni regidor sino desde uno que pueda permitirme acercarme a esa sociedad a la que pertenezco, a ese grupo de personas que nada conmigo en la misma playa, bajo el mismo sol.

Pasó hace pocas semanas.
Me subí a un bus en la avenida Brasil, estaban todos los asientos ocupados pero a las pocas cuadras se desocupó uno, pegado a la ventana, como los prefiero, y me senté; el viaje que haría era largo así que me di mi tiempo para acomodarme y hacerle un sitiecito a la vista sobre las calles. Pero, al poco rato, en el asiento posterior al mío, un hombre se levantó y empezó a hablarnos a todos, sin reparo alguno, sobre Dios, la ciencia, las mujeres, la política y demás cosas; era un tipo de mal aspecto, olía mal, se le veía sucio.
Su discurso era lo suficientemente confrontador para crear una cierta resistencia, y su apariencia desagradable. La gente del bus no le despegaba la mirada de reojo, unas extrañadas, otras burlonas, respirando juicios previos y teorías vulgares sobre su procedencia.
Hablaba sobre la vida y los hijos y el sistema de gobierno.
El hombre se volvió a sentar, se recostó en la ventana y al poco rato repitió la escena, así algunas veces más, quizás tres o cuatro y con los mismos resultados, hasta que bajó en un paradero y se perdió en un mar de andantes bajo los comercios miraflorinos, aunque la gente en el bus no se olvidó y susurraba comentarios y risas sobre él, como si lo único valioso en el mundo fuera creerse superior y demostrarlo con afán.


Y me hizo pensar todo ello.
Porque escuché con atención a ese hombre; hablaba algunas incoherencias, sí, pero también decía cosas interesantes, algunas nociones sobre la religión y el tipo de educación que reciben los niños, por ejemplo, eran bastante certeras. Pero, lamentablemente, la forma suele ser mucho más impactante y atrapadora que el fondo y, además de eso, la gente se deja llevar por la bobería de la pose y la imagen y entonces se sume en una espiral de adjetivos y comentarios sin construcción que no merecen ni el tiempo que se les presta.
Así, la suma de aquella cultura burlona tan propia de gente sin una pizca de respeto por su prójimo y la desafortunada apariencia de un tipo al que no me interesa ni es mi deber juzgar resulta jugando en nuestra contra, y somos nosotros los responsables. Jugamos para el enemigo. Nosotros, la sociedad. Todos. Hablando y callando. Hablando o callando. Nos enredamos en papeles inútiles y, finalmente, nos perdemos, quién podría saberlo, de las ideas de nuestro futuro vecino, de nuestro próximo dirigente, del novio de tu hija, o de tu hijo. ¿Por qué? Por seguir hundidos en nuestra miseria, nuestro irrespeto y nuestra falta de profundidad, por rendirle culto a la sorna y no saber marcar diferencias y darle importancia a lo realmente importante.

Evidentemente, no hablo por aquel tipo del bus únicamente, hablo por todos, sin excepción.

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