Viajar en un bus es, muchas veces, aventurarse a experiencias nuevas, aprender
un poco más sobre la vida y esas pequeñas cosas que, al final de cuentas, son
las que nos conforman como personas, desde el sentido más individual del
término hasta su significado en la constitución de una sociedad. Por eso,
intento estar siempre atento a lo que pasa, no desde el plano fisgón ni regidor
sino desde uno que pueda permitirme acercarme a esa sociedad a la que
pertenezco, a ese grupo de personas que nada conmigo en la misma playa, bajo el
mismo sol.
Pasó hace pocas semanas.
Me subí a un bus en la avenida Brasil, estaban todos los
asientos ocupados pero a las pocas cuadras se desocupó uno, pegado a la
ventana, como los prefiero, y me senté; el viaje que haría era largo así que me
di mi tiempo para acomodarme y hacerle un sitiecito a la vista sobre las
calles. Pero, al poco rato, en el asiento posterior al mío, un hombre se
levantó y empezó a hablarnos a todos, sin reparo alguno, sobre Dios, la
ciencia, las mujeres, la política y demás cosas; era un tipo de mal aspecto,
olía mal, se le veía sucio.
Su discurso era lo suficientemente confrontador para crear
una cierta resistencia, y su apariencia desagradable. La gente del bus no le
despegaba la mirada de reojo, unas extrañadas, otras burlonas, respirando
juicios previos y teorías vulgares sobre su procedencia.
Hablaba sobre la vida y los hijos y el sistema de gobierno.
El hombre se volvió a sentar, se recostó en la ventana y al poco rato repitió
la escena, así algunas veces más, quizás tres o cuatro y con los mismos
resultados, hasta que bajó en un paradero y se perdió en un mar de andantes
bajo los comercios miraflorinos, aunque la gente en el bus no se olvidó y
susurraba comentarios y risas sobre él, como si lo único valioso en el mundo fuera
creerse superior y demostrarlo con afán.
Y me hizo pensar todo ello.
Porque escuché con atención a ese hombre; hablaba algunas
incoherencias, sí, pero también decía cosas interesantes, algunas nociones
sobre la religión y el tipo de educación que reciben los niños, por ejemplo,
eran bastante certeras. Pero, lamentablemente, la forma suele ser mucho más
impactante y atrapadora que el fondo y, además de eso, la gente se deja llevar
por la bobería de la pose y la imagen y entonces se sume en una espiral de
adjetivos y comentarios sin construcción que no merecen ni el tiempo que se les
presta.
Así, la suma de aquella cultura burlona tan propia de gente
sin una pizca de respeto por su prójimo y la desafortunada apariencia de un
tipo al que no me interesa ni es mi deber juzgar resulta jugando en nuestra
contra, y somos nosotros los responsables. Jugamos para el enemigo. Nosotros,
la sociedad. Todos. Hablando y callando. Hablando o callando. Nos enredamos en
papeles inútiles y, finalmente, nos perdemos, quién podría saberlo, de las
ideas de nuestro futuro vecino, de nuestro próximo dirigente, del novio de tu
hija, o de tu hijo. ¿Por qué? Por seguir hundidos en nuestra miseria, nuestro
irrespeto y nuestra falta de profundidad, por rendirle culto a la sorna y no
saber marcar diferencias y darle importancia a lo realmente importante.
Evidentemente, no hablo por aquel tipo del bus únicamente,
hablo por todos, sin excepción.
28 enero 2013
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