12 noviembre 2012

Cuando se va hacia el norte

Sábado a la noche.
De regreso a casa, subo al bus y me pongo los audífonos, iré por la avenida Javier Prado, de oeste a este. Por un momento, me despego de las melodías y me quedo viendo a los buses que cruzan la avenida y van hacia el norte de la ciudad.

Mi destino final es el sur e, instantáneamente, pienso que voy de regreso, en la noche, me parece obvio, es el final del día: un regreso es el final de un ir, me parece lógico; y pienso en lo extraño que me resulta ver de noche a los buses que van hacia el norte, los relaciono con emprender un propósito hacia el final, ¿el final de qué?, de la vida tal vez, no lo sé, pero me resulta extraño verlo. Y concluyo que al final, todo es una suma de sensaciones, de pareceres, ideas sueltas, historiales, y que lo que para mí puede resultar el fin de un viaje, pues para otros sólo será el inicio, su norte, su comienzo, que el sur no es, exclusivamente, el final de un camino, que quién sabe qué puede estar pasando con los sentimientos de alguien y que todo es relativo e interesante, por cierto.

Y bueno, sigo por la Javier Prado, me bajo en el cruce con Aviación, ahora sí esperaría al bus que me llevaría, camino hacia el sur, a pocas cuadras de casa.  Me acompañan los audífonos. Algún rato después, el bus se detiene y sube una persona en muletas: es un señor alto, de edad avanzada y mirada limpia, puedo ver que le falta una de las piernas. Nos empieza a hablar, que lo disculpemos por irrumpir así en nuestro viaje -me saco los audífonos por respeto-, que no habría subido si no fuera sumamente necesario y que lo es, que hacía dos meses lo habían atropellado y había quedado sin una pierna, que por eso perdió su trabajo y sus hijos no tienen qué comer, que por favor lo ayudáramos, que no tiene a alguien que pudiera socorrerlo, que lo disculpemos nuevamente porque no tiene qué ofrecernos, y es muy gracioso al comentar que en la mañana había conseguido unas monedas y pudo prepararles un plato a sus niños, que comieron rico pero que ya tenían hambre otra vez, que le reclamaban la misma sopa con menudencia, lo rica que estaba, “usted señorita, la más bonita de aquí, ¿podría ayudarme?”. Me parece preciso ayudarlo, tengo un sol y se lo doy, le deseo suerte, le sonrío y vuelvo a los audífonos con la intención de seguir internándome en otras melodías. Pero algo pasa.

Pienso, yo estoy yendo hacia el sur, no hablo de metáforas, dejémoslo en una curiosidad cardinal, yo voy camino al sur pero este tipo está siempre de ida, siempre mirando adelante, busca un destino, él va hacia el norte, ¿de qué?, no lo sé, tal vez ni él lo sepa claramente ni es necesario, lo que sé es que su mirada ve más allá de casualidades, su mirada lo dirige, como un olfato, hacia el norte de la vida misma, hacia lo sagrado del compromiso, de la entrega, del no aminorarse y hacerse bolsa; él conserva el humor y la constancia y ésa, creo yo, es una manera de hacerse un norte, aun cuando el bus en el que te subes vaya hacia el sur y toda la vida parezca que también y las cachetadas se sientan cada vez más duras y más injustas y debas recurrir a lo inimaginado para sobrevivir, sonriente.

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