Sábado a la noche.
De regreso a casa, subo al bus y me pongo los audífonos, iré
por la avenida Javier Prado, de oeste a este. Por un momento, me despego de las
melodías y me quedo viendo a los buses que cruzan la avenida y van hacia el
norte de la ciudad.
Mi destino final es el sur e, instantáneamente, pienso que
voy de regreso, en la noche, me parece obvio, es el final del día: un regreso
es el final de un ir, me parece lógico; y pienso en lo extraño que me resulta
ver de noche a los buses que van hacia el norte, los relaciono con emprender un
propósito hacia el final, ¿el final de qué?, de la vida tal vez, no lo sé, pero me
resulta extraño verlo. Y concluyo que al final, todo es una suma de
sensaciones, de pareceres, ideas sueltas, historiales, y que lo que para mí
puede resultar el fin de un viaje, pues para otros sólo será el inicio, su
norte, su comienzo, que el sur no es, exclusivamente, el final de un camino,
que quién sabe qué puede estar pasando con los sentimientos de alguien y que
todo es relativo e interesante, por cierto.
Y bueno, sigo por la Javier Prado, me bajo en el cruce con Aviación,
ahora sí esperaría al bus que me llevaría, camino hacia el sur, a pocas cuadras
de casa. Me acompañan los audífonos.
Algún rato después, el bus se detiene y sube una persona en muletas: es un
señor alto, de edad avanzada y mirada limpia, puedo ver que le falta una de las
piernas. Nos empieza a hablar, que lo disculpemos por irrumpir así en nuestro
viaje -me saco los audífonos por respeto-, que no habría subido si no fuera sumamente
necesario y que lo es, que hacía dos meses lo habían atropellado y había
quedado sin una pierna, que por eso perdió su trabajo y sus hijos no tienen qué
comer, que por favor lo ayudáramos, que no tiene a alguien que pudiera
socorrerlo, que lo disculpemos nuevamente porque no tiene qué ofrecernos, y es
muy gracioso al comentar que en la mañana había conseguido unas monedas y pudo
prepararles un plato a sus niños, que comieron rico pero que ya tenían hambre
otra vez, que le reclamaban la misma sopa con menudencia, lo rica que estaba,
“usted señorita, la más bonita de aquí, ¿podría ayudarme?”. Me parece preciso
ayudarlo, tengo un sol y se lo doy, le deseo suerte, le sonrío y vuelvo a los
audífonos con la intención de seguir internándome en otras melodías. Pero algo
pasa.
Pienso, yo estoy yendo hacia el sur, no hablo de metáforas,
dejémoslo en una curiosidad cardinal, yo voy camino al sur pero este tipo está
siempre de ida, siempre mirando adelante, busca un destino, él va hacia el norte,
¿de qué?, no lo sé, tal vez ni él lo sepa claramente ni es necesario, lo que sé
es que su mirada ve más allá de casualidades, su mirada lo dirige, como un
olfato, hacia el norte de la vida misma, hacia lo sagrado del compromiso, de la
entrega, del no aminorarse y hacerse bolsa; él conserva el humor y la
constancia y ésa, creo yo, es una manera de hacerse un norte, aun cuando el bus
en el que te subes vaya hacia el sur y toda la vida parezca que también y las
cachetadas se sientan cada vez más duras y más injustas y debas recurrir a lo
inimaginado para sobrevivir, sonriente.
12 noviembre 2012
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