Y entre los apuntes sobre electricidad y la importancia de
los patchbay en el sonido en vivo,
entre este caos ordenado que se ha vuelto esta habitación, entre Cortázar a
medias y Vargas Llosa sin empezar, entre el set box que aún me espera, la
correa de mi guitarra y los cables para conectar, los discos por conseguir.
No saber si mi vida la seguiré alrededor de consolas y
cables y monitores, o junto a libros e historias, o con guitarras y letras de
canciones y energía; entre indecisiones que, lejos de abrumarme, me motivan.
Entre todo el despropósito que Dios parece esforzarse en
enviarme, sin decoro;
entre toda la armonía que Dios parece esforzarse en
enviarme,
sin decoro.
Entre la misma ropa de siempre, los polos blancos, el
brazalete Say No More, las medias negras con diseño de rombos, la funda de mi
guitarra, la Fender que descansa enseñoreada. Los apuntes con cosas por hacer, las
cuentas que no se ajustan a mis bolsillos, alguna nueva melodía que podría
tener un buen fin, un verso con buena sonoridad, el disco de Gonzalo Aloras, el
cenicero que ya no necesito, los USB con más música y más documentos de Word,
el dinero para las compras del mercado.
Las lentejas, los frijoles, el arroz, la sal, el aceite, el ají, la olla
arrocera; el agua hervida, el café, el azúcar, la mermelada, la margarina, los
panes.
El jabón, el shampoo, las toallas, el
cortaúñas.
En esta habitación.
Entre los miles de objetos. El pequeño recipiente con
piedritas y canicas y monedas extranjeras y uñas beatle y cuarzos de feria que guardo quizás como una especie de
amuleto pero -con total seguridad- con todo el cariño (que es más o menos lo
mismo), el pato Lucas con su cámara de video, los Baldor que espero no abrir
más, las armónicas viejas y sucias que no sé tocar (que compré en mi intento
por sonar a Gieco o a Dylan), la grabadora de cassette que ya no funciona, los
lentes de sol que no usé desde que entendí el poco respeto que representaban,
la carta que me envió mi mamá hace muchos años.
El teclado de juguete a pilas, la máquina de escribir, la
tele con antena, el teléfono que reconoce tu numeración, el equipo de sonido
suficiente, el paciente Marshall para la guitarra.
Entre todas esas cosas que empiezan a ser parte de mí,
irremediablemente, para bien y para mal (que, al final de cuentas, creo que
siempre son para bien), que se prestan conmigo a este juego de adivinanzas, de
sumas y restas, de días tediosos, de días tranquilos, que me acompañan en la
ruta.
Entre todo aquello, tu corazón de escarlata, brillando sobre mi ciudad.
13 agosto 2012
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