En mi celular tengo un juego de fútbol. Me gusta mucho jugarlo, me divierte y, de alguna manera u otra, me rememora a una infancia en la que aún me entusiasmaba jugar al fútbol de verdad y barrerme, recuperar la pelota, correr, llevarme a tres y meter el gol de mi vida.
Este juego tiene múltiples opciones: Jugar ligas de diferentes países, personalizar otras, jugar copas como la Copa América, la Champions League, la UEFA, la Eurocopa, etc., mil opciones. Pero hay una que me gusta de sobremanera. Es la opción Partido rápido. Allí, el propio juego elige al azar, entre naciones y clubes, el equipo con el cual jugaré y ante el cual me enfrentaré, elige al azar el clima entre sol, lluvia o nieve, el estadio y las condiciones físicas del jugador. ¡Es cojonudo! Un día puedes ser el BATE Barisov de Bielorrusia y jugar contra el Bayern Munich de Alemania, o ser boliviano y jugar contra los ingleses. Sí, me gusta estar en menor condición que el rival. O será la costumbre. Como sea, lo genial de ese modo es eso, el azar, la sorpresa. A veces cancelo y vuelvo a la opción si, por ejemplo, me tocan partidos que consideraría aburridos como Real Madrid - Barcelona o Argentina - Brasil. Entonces eso, me gusta esa inmediatez del Partido rápido y no disfruto tanto aquellas opciones de ligas o copas, siento como si me atasen a ellas y no pudiera hacer más que jugarlas y jugarlas y, por supuesto, ganar todos los partidos por la mayor cantidad de goles posible. No iré al psicólogo a que me diga que parte de mi niñez evito. Y prefiero la sorpresa (controlada), la emoción y el conocer los nombres de los jugadores del BATE Barisov.
En la computadora tengo un juego de barcos. De un barco. Uno solo. Es un demo, un juego de demostración, sin embargo se pueden encarar misiones que, a decir verdad, no conozco. El juego se ve muy bien: un barco grande, un pequeño muelle y un gran océano a disposición. O no tanto porque uno debería ir cumpliendo las misiones y, por ende, seguir determinadas rutas. Pero no me llama la atención el cumplir aquellas misiones, no sé bien por qué; prefiero dirigir aquel barco sin destino fijo, pasearme por el océano, es todo igual pero me relaja, aunque a veces llueve y es más difícil la travesía, igual es lindo. Es gracioso cuando veo lucecitas verdes o rojas porque es como si me dijeran “ven, tienes que venir por acá” pero las paso de largo, a veces me encuentro con canoas o barcos más pequeños que el mío. Debo decir que me da curiosidad desbloquear la posibilidad de elegir otros barcos -desbloqueo que se da cuando se cumplen las misiones- pero la curiosidad se me va rápido cuando, por supuesto que me pasa, me aburro de pasear sosegadamente y decido jugar algún juego de carreras, también para pasear pero esta vez en carro y a alta velocidad.
10 marzo 2014
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