Hace algunos años ya y desde mi inexperta juventud, había decidido no persignarme.
Creía que hacerlo era avalar, del algún modo u otro, tanta hipocresía que suele presentarse en las personas que con el único afán de cuidar su imagen van a escuchar misa, se persignan cuando pasan frente a una Iglesia o cuando ven pasar una carroza fúnebre; que era avalar la hipocresía y malas mañas de algunos representantes de la Iglesia y de la religión que no hacen más que avergonzar a todos, católicos o no; que, en fin, era avalar todo un sistema de cosas que no me gustan y que ahondan en la sociedad.
En el fondo, era también una forma de darle demasiada importancia a la miseria.
Conforme han pasado los años (situaciones, amistades, enemistades, conflictos internos, malas caras, etc.), creo haber aprendido a persignarme. Persignarme no como acto religioso ni como ceremonia ante alguien -el persignarse no guarda relación con la religión ni con las personas creo yo-; persignarme como acto de fe, de respeto y de admiración.
Cuando salgo de casa, me persigno y ruego al cielo -a quien me pueda cuidar desde allí arriba- que no entren ladrones a la casa a robarse los S/.dos dígitos que tengo guardados, el teclado de juguete a pilas o la Gillette ya sin filo y que en la calle no me intercepte un tipo que, con malas maneras, se lleve mis llaves, mi celular, mi maletín con un par de hojas con acordes de canciones que no conoce y mi tranquilidad.
Cuando veo pasar una carroza fúnebre, si me persigno es porque es mi forma de desearle al difunto y a su familia paz, tranquilidad, olvido, suerte, días de sol -lo que los haga felices- y que no lleguen caras extrañas con su limosna de alivio a su tormento; que la muerte no sea sinónimo de tristeza sino que sea motivo de felicidad y, tal vez, sana envidia (claro, es muy fácil decirlo aquí sentado).
Si me persigno sin aparente razón, es simplemente mi manera de decirle a Dios lo bien -y misteriosas- que está haciendo las cosas, mi manera de preguntarle cómo es que la fuerza de gravedad y el universo infinito y las galaxias y las guerras y el árbol y los peces y Da Vinci y los traidores y el mundo, cómo es que todo está tan perfectamente equilibrado y somos nosotros una mínima parte de un extenso espacio ...
Al final de cuentas, tal vez fue bueno tomarme esa rebeldía de no persignarme porque así tuve la oportunidad de ver las cosas desde otro lado, con ojos de afuera, formarme mi propia idea y mi propio motivo, mi razón para hacerlo; razón genuina y, por supuesto, única en cada individuo y siempre válida.
Si me persigno es porque creo en ello.
06 junio 2011
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