La avenida Larco me hace tararear ese enorme (y no único) tema de los muchachos de Frágil que lleva su nombre y dibuja aún sus paisajes ciudadanos, me hace pensar también en los gatos que reinan en el Parque Kennedy y en el 7 de junio, cerca a la Iglesia y a la Municipalidad (debo decir que sospecho que los gatos son los dueños del mundo, serenos y sensuales) y me reúne con innumerables rostros que desconozco pero que, a la vez, me parecen tan familiares.
La avenida Larco fue, el sábado que pasó, el escenario de una situación que cualquiera hubiera juzgado anecdótica -sin relevancia- pero que para mí resultó tan real como poética.
Esquina de Diez Canseco y Larco.
Caminaba frente a la galería Luis Miró Quesada Garland y, de pronto, me distrajo un automóvil policial estacionado a menos de un metro, seguí caminando pero luego, como quien mira una tienda de ropa a la que no va a entrar -con ese desinterés-, volteé a ver el auto y en él conversaban dos efectivos con la camisa dedicadamente planchada, con el reposo que da este sol que ya empieza a aparecer y un cono de helado cada uno en la mano. Finalmente seguí mi camino -tan despreocupado como de costumbre- pensando en lo tranquilos que habrían de estar esos policías, compartiendo un momento de descanso, filosofando, hablando del fútbol o de la política o de la familia o de la nada.
Y pensaba también que sería bastante inútil de parte de cualquiera criticarlos por su actitud o por lo que ésta pueda dar a entender, y digo esto porque las críticas vendrían por el lado de la virilidad y la apariencia y esas otras cosas que nos hacen perder el tiempo y la felicidad obscenamente y un gran daño que ni imaginamos, porque "un policía debe demostrar masculinidad, es un hombre, ¿qué es eso de estar comiendo helado?, ¡y de cono!, no no, y con su colega, y adentro del carro, no no, ¿qué va a pensar la gente?".
Inútil, injusto, idiota, malvado, sin sentido.
Son sólo dos policías conversando y, además, cualquier otra cosa que pueda o no suceder no debe ser motivo de algún tipo de juicio externo.
La avenida Larco, ahora, también me recordará a esos dos policías, tan tranquilos y gustosos del helado de cono y la conversación, tan ajenos a la estupidez.
07 noviembre 2011
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