“Entre la ideología reconciliatoria del hippismo y la enfermedad del hiperaburrimiento de la juventud actual, me quedo con una especie de hippie guerrero del futuro, por cuya cabeza sólo pasa un equilibrado balance de amor a la vida, sentido común para entender la tragedia de la existencia y una visión muy respetuosa, por no decir devota, de la estructura de la naturaleza, de la que sólo es como un genoma entre toda la serie.”
Luis Alberto Spinetta
Luis decía esto el 2001.
Podría haberlo dicho el ’70, el ’95, cuando sea. Es más, quizás lo dijo Jesús o quien sea tu referente socio-espiritual. O se lo dijo tu abuelo a tu padre. Seguro se lo dirás tú a tu hijo.
Hay algunas cosas que no cambian en su esencia, y ésta es una de ellas.
La tragedia de la existencia. O la comprensión del mundo, o la de nosotros mismos, o la de nuestro rol en el mundo, en la vida. Como se quiera ver es, finalmente, lo mismo: nuestros días.
Comprender el funcionamiento del mundo, cómo dan vuelta las cosas y se pierden en un vaivén, casi un tornado, la vida que se nos pasa por las narices, eso que pasa mientras hacemos planes, la juventud, la vejez, el amor, el perdón. Coger el minuto y hacerlo el instante aquel en que todo cambia.
Comprendernos a nosotros mismos, nuestras formas de ser, nuestro pasado, nuestras manías; saber que somos una suma de acontecimientos, de huellas que nos deja la vida mientras seguimos caminando, y buscar caminar con altura, tentar y luchar por ser algo importante para nosotros mismos, para nuestra plenitud, nuestra felicidad, eso tan importante que soñamos cada noche.
La tragedia de la existencia, la subsistencia, la lucha, no hay marcha atrás. Hay que vivir y tener en claro para nosotros que esta vida es una oportunidad única para buscar la felicidad y el amor. Somos personas, seres humanos: amamos, odiamos, luchamos; somos movimiento y un corazón que late al insospechado pero siempre hermoso ritmo de la vida.
Existimos y esa condición es nuestro motor.

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