06 diciembre 2010

Revolución

Sin que suene a subversión o a avivamiento irresponsable de las masas, he de decir que quiero una revolución: la revolución del amor, la de la educación, la de las ideas, la de la cultura; nuestra revolución.

Estamos en un mundo duro, difícil, áspero y tosco; es nuestra tarea -en parte- hacerlo más cálido, más armonioso. Construir un mejor mundo no puede ser tan fantasioso; y si bien hay gente en la que no podemos confiar con una mínima tranquilidad (gente a la que habría que alejar porque nos estancan en una posición molesta), también está la buena y de sentimientos nobles y constructivos a la que habría que acercar a nuestras vidas para hacernos más, más fuertes y esparcir esa buena onda -quizás- entre todos.
Y que en este mundo se reciba una educación coherente con el tiempo y la diversidad de la sociedad; respetando las opiniones, los credos y las diferencias sociales de cada alumno que -aunque ya se haya convertido en cliché decirlo- será el futuro: el futuro padre de familia, el futuro gerente, el futuro presidente; se reciba valores, amor, respeto, inteligencia, y no sólo números o fechas por recordar.
Y en este mundo, tomar la delantera y creer en nuestras ideas; encarar la realidad con ideas productivas, respetuosas, modernas... y no embriagarnos con el poder y el dinero (señores facilitadores de la realización de estas ideas) y saberlos administrar porque son recursos efímeros.
Y llenar las calles de cultura. Cines, teatros, museos, salas de exposiciones, etc. Que quien escriba o pinte o toque un instrumento no se sienta un extraño en el barrio. Que el arte se pueda encontrar en el kiosko de periódicos, en los buses, en los medios de comunicación... seminarios, recitales, conciertos. Que la ciudad sea aire de todos.

Y que ese nuevo mundo -que espero poder ver- sea el escenario en el que hijos y nietos puedan ser libres y desenvolverse con comodidad. Que sea el escenario de sus sueños y sus ideales... y tal vez de una nueva revolución, su revolución.

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