Era viernes por la noche, estaba en el bus de regreso a
casa.
Como ya es costumbre, el bus llegaba sin asientos libres y
ya mucha gente hacía su viaje de pie, esperando que alguien desocupara algún
asiento para relajarse al menos un poquito. Yo subí mientras seguía pensando en
los trabajos que tenía pendientes, en por qué la guitarra se entercaba en
desafinarse, en la modorra que ya me iba visitando, en mis horarios esclavos;
digamos que no era la mejor manera de terminar el día pero era mi manera, parte
de mí, a veces uno tiene momentos tensos y complicados y está bien que se
presenten y que no los escondamos, merecen nuestra sinceridad.
Y bueno, no pasó mucho rato para que notara la presencia de
dos niños, él no pasaba los diez años ni ella los cinco; el chico llevaba un
maletín, una bolsa, una lata de leche (sin leche y sin etiqueta) y un peine
viejo y comenzó a cantar, eran canciones que hablaban sobre Dios, Jesús, la
bondad, la fe; se acompañaba con la lata de leche y el peine y, por supuesto,
el atrevimiento de los corajudos, a esa edad, a esas horas.
Mientras cantaba, pensaba -inútilmente- si entendería lo que
estaba interpretando, si fuera como el granito de mostaza, si es feliz, si
puede ser feliz, cómo sería su vida; algo no dejaba de preguntarme cosas para
las que no tenía respuesta.
Terminó y pidió que lo ayudáramos, que traía turroncitos
arequipeños, le dejó el maletín a la niña no sin antes sacar algunos turrones y
meterlos en la bolsa para llevarlos por los asientos y venderlos, “agárrate
fuerte, no te vayas a caer, ahí te dejo el maletín”. Vendió sus turroncitos y
regresó con la niña, le habló un par de cosas y debía esperar al siguiente
paradero para poder bajar. Mientras tanto, con la no-solemnidad como en la
espera de una cita con un médico, empezó a gesticular, a hacer como si cantara
frente a las ventanas y, qué sé yo, el reflejo de sus movimientos le devolvería
una imagen genial, asombrosa, cantando en un estadio ante miles de personas,
cerrando los ojos, inventando gestos, y me resultó tan fantástica esa imagen,
tan llena de poesía, de vida, de locura, de valentía, de poder; la frescura de
la infancia, el reconocimiento de uno mismo, la inocencia, todo abrazado en una
misma imagen que me dejó descubierto, arrodillado, desarmado.
Y el niño y la niña bajaron del bus y yo ya no pensé ni en
los trabajos ni en la guitarra ni en la modorra ni en los horarios, no había espacio
para eso.
26 noviembre 2012
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