26 noviembre 2012

Menos la luz del sol

Era viernes por la noche, estaba en el bus de regreso a casa.
Como ya es costumbre, el bus llegaba sin asientos libres y ya mucha gente hacía su viaje de pie, esperando que alguien desocupara algún asiento para relajarse al menos un poquito. Yo subí mientras seguía pensando en los trabajos que tenía pendientes, en por qué la guitarra se entercaba en desafinarse, en la modorra que ya me iba visitando, en mis horarios esclavos; digamos que no era la mejor manera de terminar el día pero era mi manera, parte de mí, a veces uno tiene momentos tensos y complicados y está bien que se presenten y que no los escondamos, merecen nuestra sinceridad.

Y bueno, no pasó mucho rato para que notara la presencia de dos niños, él no pasaba los diez años ni ella los cinco; el chico llevaba un maletín, una bolsa, una lata de leche (sin leche y sin etiqueta) y un peine viejo y comenzó a cantar, eran canciones que hablaban sobre Dios, Jesús, la bondad, la fe; se acompañaba con la lata de leche y el peine y, por supuesto, el atrevimiento de los corajudos, a esa edad, a esas horas.

Mientras cantaba, pensaba -inútilmente- si entendería lo que estaba interpretando, si fuera como el granito de mostaza, si es feliz, si puede ser feliz, cómo sería su vida; algo no dejaba de preguntarme cosas para las que no tenía respuesta.
Terminó y pidió que lo ayudáramos, que traía turroncitos arequipeños, le dejó el maletín a la niña no sin antes sacar algunos turrones y meterlos en la bolsa para llevarlos por los asientos y venderlos, “agárrate fuerte, no te vayas a caer, ahí te dejo el maletín”. Vendió sus turroncitos y regresó con la niña, le habló un par de cosas y debía esperar al siguiente paradero para poder bajar. Mientras tanto, con la no-solemnidad como en la espera de una cita con un médico, empezó a gesticular, a hacer como si cantara frente a las ventanas y, qué sé yo, el reflejo de sus movimientos le devolvería una imagen genial, asombrosa, cantando en un estadio ante miles de personas, cerrando los ojos, inventando gestos, y me resultó tan fantástica esa imagen, tan llena de poesía, de vida, de locura, de valentía, de poder; la frescura de la infancia, el reconocimiento de uno mismo, la inocencia, todo abrazado en una misma imagen que me dejó descubierto, arrodillado, desarmado.

Y el niño y la niña bajaron del bus y yo ya no pensé ni en los trabajos ni en la guitarra ni en la modorra ni en los horarios, no había espacio para eso.

No hay comentarios.: