Yo también tengo miedo. Muchos miedos. Tal vez ni los conozca con alguna exactitud pero inconscientemente están y seguramente me predisponen. E inconscientemente también intento desoxidarme.
Hay muchos tabúes irresueltos que rondan las sociedades, sociedades de las que somos parte, queriéndolo o no. Y lo que nos toca es deshacernos de esos nudos, no por cuestiones heroicas o figurativas, por nosotros mismos, por nuestro bienestar, por nuestra verdadera libertad. No debemos dejarnos maniatar por temores que, aunque puedan ser reales y justificados, sólo nos ciegan a la vida misma y a la aventura que es irremediablemente.
Que es fácil decirlo sentado frente a una pantalla, sí, es
verdad, por suerte no es tanto mi caso. Yo también me deshice de miedos, de
dudas, de vergüenzas: hasta hace unos años yo no me habría animado a escribir
en un blog, no me habría animado a ir solo a un concierto, a cantar con todo el
alma en mitad de la calle, a mirarte a los ojos y derretirme; se trata también
de personalidad, de decidir ir al frente sin pensar tanto, dejarse llevar.
Dejarse llevar, o sea, rebelarse; ir contra la corriente, contra las corrientes. Las corrientes ajenas que nos ponen mala cara ante nuestras propias decisiones, que quieren dictarnos qué hacer y qué no, que nos atan con una sola mirada que demuestra su oposición tajante y su violencia; las corrientes nuestras que se dejan dominar por un entorno viciado, dominar por nuestros propios sistemas de quietud que no son más que el propio reflejo de nuestros miedos y vergüenzas y cabezas gachas, dominar por nuestra propia cruz.
El miedo puede ser un buen consejero, ojo, nos puede salvar de errores increíbles, de abismos inimaginados, es un sensor de cuidado bastante útil pero hay que saber manejarlo. Si no, ese miedo nos conduce a bloquearnos y encerrarnos así en laberintos de oportunidades perdidas y acciones sin realizar que después lamentamos y llorando frente al espejo nos preguntamos el porqué sin buscarlo dentro de nosotros mismos... por miedo, miedo de sabernos responsables.
Dejarse llevar, o sea, rebelarse; ir contra la corriente, contra las corrientes. Las corrientes ajenas que nos ponen mala cara ante nuestras propias decisiones, que quieren dictarnos qué hacer y qué no, que nos atan con una sola mirada que demuestra su oposición tajante y su violencia; las corrientes nuestras que se dejan dominar por un entorno viciado, dominar por nuestros propios sistemas de quietud que no son más que el propio reflejo de nuestros miedos y vergüenzas y cabezas gachas, dominar por nuestra propia cruz.
El miedo puede ser un buen consejero, ojo, nos puede salvar de errores increíbles, de abismos inimaginados, es un sensor de cuidado bastante útil pero hay que saber manejarlo. Si no, ese miedo nos conduce a bloquearnos y encerrarnos así en laberintos de oportunidades perdidas y acciones sin realizar que después lamentamos y llorando frente al espejo nos preguntamos el porqué sin buscarlo dentro de nosotros mismos... por miedo, miedo de sabernos responsables.

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