Me dejó sus horas cansadas en el reloj
y una a una sus miradas
fueron convirtiéndose en mis ojos.
Sus palabras, como cristales cortantes,
se apoderaron de mis discursos
y hasta quebraron mis encantos.
No lo sospechaba cuando era niño
y recibía gustoso las lecciones,
las amistades, las canciones,
que su reino traía en brazos.
Ahora comprendo
que era sólo la ilusión
la manera mejor de corromper,
que todo lo que brilla
tan fuerte y fácilmente
termina apagándose,
siendo oscuridad.
Ahora es tarde.
A la larga lista de sus recuerdos
he de sumarle el de mi muerte,
el de mi triste desamparo.
05 mayo 2014
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