Hola. Sí, soy yo, el rockero del afiche pegado en tu cuarto, o el tenista, o tu amigo, o el actor, o todos ellos. Escúchame porque necesito pedirte un favor y para mí será muy importante que me atiendas: no me idolatres, no me ames, no me sueñes, no pierdas tu tiempo, no soy tan genial como crees y no tengo que serlo, respétame.
Tal vez te resulte un poco extraño que te diga esto, tal vez pienses que debería estar eternamente agradecido por ese amor desmedido que me tienes pero, por desgracia, no es así, no me gusta esta posición de ídolo en la que estoy desde hace ya bastante tiempo; además soy de barro -de barro humano- y en cualquier momento podría decepcionarte, y no sería mi culpa.
Yo no soy una gran persona, quizás ni siquiera sea una buena persona. Suelo enojarme por un mínimo o insignificante detalle, no me gustan los animales, sudo mucho y huelo muy mal por las mañanas; me emborracho a menudo y hago papelones, tengo pendiente dejar el cigarro de una vez, a veces olvido lavarme los dientes y no me llevo tan bien con mis vecinos. En fin, soy igual que tú, no sé por qué me tienes tan arriba, tan encasillado, tan acusado podría también decir.
Nos busques en mí lo que idealizas o lo que pretendes ser, y no sólo porque no lo vayas a encontrar (tal vez, sólo tal vez, lo encuentres) sino porque no me corresponde jugar a ser tu espejo o tu ideal o el prototipo de persona que se debe ser, ¿me entiendes lo que te digo?. Comprendo que me tengas algún aprecio y te lo agradezco -de veras- pero mira un poco más allá y date cuenta de que no es buena para ti ni para mí esta actitud, nos ata y nos lastima, y podrías decepcionarte de mí y, te repito, no sería mi culpa.
No pienses mal, no te pido que me odies o que me ignores, lo que estoy pidiéndote es que respetes mi espacio, mi privacidad, mi autenticidad. No sabes -y es posible que yo tampoco lo sepa con exactitud- cuán feliz sería si nadie me viera como un ídolo, como un ejemplo a seguir; si pudiera salir a la calle con sandalias y la misma ropa con la que dormí y sin peinarme y nadie me mirara como un desprolijo, si pudiera salir a caminar con un cigarro en la mano por el parque y no estuviera allí el ojo crítico de los reguladores esperando ese desacierto de mi parte -como si eso lo fuera... ¿qué es un desacierto?... ¿por qué tengo que dar explicaciones a los demás?-, y, debo decírtelo, tú contribuyes a eso. Y quizás yo también, claro, yo también, por no saber poner un alto a esta situación en algún momento, por no rebelarme y tirar atrás todo lo que venía incomodándome, perturbándome, ¿por miedo?, por permitir que todo esto siga como si no importase algo más y a nadie hiciera daño.
Pero nunca es tan tarde. Ayúdame. Olvídame. Aterrízame.
19 septiembre 2011
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario