Cuando a Gonzalo le cayó aquel pequeño vidrio en el brazo tras romperse una de las puertas traseras del bus por un impacto, y luego de confirmar que algunos hilos de sangre iban haciéndose paso entre sus vellos y sus lunares, sólo se escuchó un llamado, un aullido, la única rabia: mierda.
A Gonzalo no le preocupaba ir perdiendo sangre, no le molestaba el ardor que el aire contaminado producía en su herida nueva, ya no le eran incómodas las miradas misericordiosas y adultas de compasión. A Gonzalo le dolía la estupidez. La estupidez del destino. O para ser más específico, la estupidez de Dios.
Le tenía que pasar a él. No le podía pasar a otro, no podía pasar en otro bus, no podía pasar a otra hora. Tenía que ser a él, en aquella ruta, a las dos de la tarde.
Tenía que ser a él a quien le sudaran las axilas, tenía que ser a él a quien no le hicieran la circuncisión, que ser a él a quien le encomendaran la parte peor de la tarea, a él a quien mirasen todos los ojos inquisidores, a quien le ganasen el asiento.
Y otra vez, Dios y su infinita estupidez y constante ruindad apuntando su dedo hacia su cabeza, siempre bien perfumada de shampoo, siempre en la mira cazadora en la selva.
Él, tierno cordero; él, viejo lobo. Como fuese que se le encontrase, siempre algo habría de empañar su idea de un buen día. Así fue toda su vida, así aprendió a gatear, a caer, a caminar, a llorar, a hablar, a gritar, a insultar, a cantar, a estudiar, a enamorar, a hacer el amor, a tener hijos, a perder amigos. Así, con la espada en alto, con la mirada en otras miles de miradas dirigidas hacia él con y sin decoro, con la guardia arriba, con el alma en recelo. Así, un animal, un salvaje, un canalla, un hijo de puta. Todos lo querían pero también todos le temían, lo trataban con cuidado, lo perdonaban, se dejaban perdonar, lo usaban y se dejaban usar; era un pacto sin firmar que ambas partes convenientemente y con el sólo olor de sus huellas en la calle habían acordado, sin decir una palabra ni discutir una coma. Así los días, uno y otro, las pequeñas felicidades, los dolorosos fracasos, las tetas de la chica de la cuadra del supermercado, los proyectos inspirados que siguieron siempre latentes.
Ese día, luego del corte, Gonzalo fingió indignación, le dijo al cobrador -muy seria y ofuscadamente- que no era posible que a un usuario le pase algo así y que si no recibía diez soles por parte suya, haría una denuncia. El cobrador le dio el dinero y, tras comprarse cigarros y una Coca-Cola, Gonzalo llegó a su casa y compuso una canción.
10 noviembre 2014
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