14 mayo 2012

Anotaciones dispersas III

Bus (¿bus?), siete de la mañana, todos yendo a algún lugar tal vez: casi todos los días el bus está copado y tengo que viajar parado gran parte o todo el camino hasta mis clases de (Técnicas en) Ingeniería de Sonido; cuando hay mucha suerte -y/o un perrito danza su cabeza al costado del chofer como un autómata- puedo sentarme y como siempre zambullirme en mis audífonos para aislarme del caos y de la radio que nos confunde a todos (Charly García dixit). En esa suerte y desde mi incómodo asiento, veo entrar a tantas personas -que viajarán paradas- que una de las primeras cosas que se me pasan por la mente es ayudar a alguna de ellas y llevarle el maletín, la cartera, la mochila, los documentos o lo que lleve en mano que pueda cuidarle... y entonces pienso que la ayudo por puro egoísmo: que lo hago sólo para sentirme tan pero tan bien conmigo mismo y con la vida y para notar su sonrisa de sorpresa al ver que un desconocido quiere ayudarla sin condiciones, y, bueno, vuelvo a mis audífonos con una sonrisa yo también y con menos modorra que horas antes, cuando me preparaba el café casi a tientas, adivinando proporciones.

“Regálale a tu mamá lo que más quiera: Licuadora Oster, Olla arrocera Imaco...” Todo bien -casi todo bien en realidad- con que se defina un día especial para todas nuestras madres y hacerles un regalo y demás pero me parece bastante estúpido seguir y mantener la misma vieja cantaleta que dice que a tu madre le tienes que regalar algo para que siga recogiéndote las babas: una licuadora, una aspiradora, una lavadora, qué sé yo... es permitir que se instale cada día un poco más la sinrazón, la esclavitud de comportamientos, y claro, con el comercio como punta de lanza de tal despropósito; y lo mismo pasa con los desgraciadamente eternos programas de concurso estúpidos de la tele, compiten los hombres contra las mujeres, “la guerra de los sexos”, qué manera de idiotizar a la gente. Yo creo que ya es hora de dejar la tontería atrás y empezar a construir una sociedad basada en respeto, comunidad e igualdad y no más en divisiones sin sentido que lo único que hacen es embobarnos más y hacernos retroceder abismalmente y con vendas en los ojos, no sirve.

Me pregunto siempre cómo habrá sido el comienzo de todas las cosas, ese punto de partida en que todo se desconoce y todo es novedad, desde lo que hoy nos parece más obvio hasta lo más grandilocuente: ¿cómo habrán sido vistas las orejas o las narices por los primeros hombres?, ¿acaso les habrán parecido un defecto siendo partes que sobresalen del propio rostro?; ¿cómo habrán celebrado el descubrimiento del fuego?, ¿conocer las vestimentas?; ¿el primero en hacer pan?, ¿Cristóbal Colón: la tierra es redonda?, ¿quien pensó en los vinilos, quien pensó en los discos compactos?. Me pregunto todo eso y no puedo dejar de pensar en la locura, la poesía y el coraje que representa ser un cambio, salir al frente y decir “bueno, resulta que las cosas son así” y bancarse indiferencias, rechazos, hogueras ciudadanas, no es fácil en un mundo que suele preferir la comodidad a la aventura. Esas revoluciones son, finalmente, las hacedoras de todo esto que vivimos, y de esto que escribo y de aquello que se escribirá.

Creo que estamos desperdiciando la ciudad, ya lo hacemos de día, la desperdiciamos aún más de noche y de madrugada. En el día o estamos encerrados en un aula o maniatados en un trabajo o haciendo las veces de ama de casa: es decir, imposibilitados de movimiento en la calle; entonces si queremos ir a un banco, al registro, a la farmacia, a una biblioteca no podemos hacerlo porque cuando tenemos el tiempo libre -de noche o de madrugada- está todo cerrado, y las calles con poca luz e inseguras. Creo que habría que reformular las cosas: que las bibliotecas, los museos, las oficinas estatales y demás estén disponibles hasta la noche para que luego de que la gente salga de trabajar pueda re-conocer su cultura o arreglar sus pendientes; que el transporte público, las farmacias, los supermercados, operen también de madrugada para quienes estén pie a esas horas: hacer que la ciudad no se duerma a las siete de la noche, que la ciudad siga viva hasta el amanecer, que circule. Eso.

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