Era viernes, muy temprano, y estaba totalmente alterado,
pero no alterado por molestia o ira en primera instancia, alterado porque
sentía que algo en mí hacía que mi mediana tranquilidad cotidiana vaya
alterando su humor hasta convertirse en fastidio, y era un camino espinoso.
Todo se volcaba vertiginosamente, las frustraciones que
provoca la rabia, el descolocamiento de las cosas que parecen tener una
ubicación invulnerable hace que toda inconformidad se transforme en un caos,
instantáneo, sin oportunidad de reflexión.
Y eso, que la rutina, la presión, la velocidad del tiempo,
el fastidio por lo no resuelto, el apuro; todo eso iba construyendo en mí una
desazón que tal vez se me notaría en cada palabra que pronunciaba, no lo sé, pero
que iba formulando en mí la receta del desamor.
Hasta que todo llegó a un punto de ruptura.
Un instante, una decisión.
Cuando, robándole vida a la vida, busqué una canción que
tenía en mente hace mucho de la que no recordaba el título, la encontré y presione
play: no pasó un minuto para estar
descubriendo en mí las lágrimas, las lágrimas del amor, de la libertad, de la
felicidad, empezaba a reír por satisfacción entre mi llanto consolador, era una
suma de sensaciones sanadoras, reparadoras. Lloré, lloré mucho, lloré todo el
enojo que llevaba por dentro, que me hacía tropezar, y surgió la risa,
inopinadamente, como la respuesta a esa ruptura de cadenas, la risa sincera que
me daba una renovada tranquilidad.
Creo que escuché dos veces más la canción hasta ver que el
tiempo apremiaba: debía ir a estudiar, y esta vez lo haría con una sonrisa y
una paz en mí que no dejaría salir.
Y esa sonrisa y esa paz tuvo, en ese viernes, aún más
razones.
Porque llegué al paradero de buses a esperar el que me lleve
a clases y al costado mío había una chica esperando el suyo con una boina
puesta. A los pocos minutos de haber llegado yo, un carro que pasaba por la
avenida bajó su velocidad y una señora preguntó: “Hijita, ¿dónde te has
comprado esa boina? Qué linda que está”. Luego de responderle y de que el auto continúe
su camino, la chica echó a reír con una espontaneidad tan juvenil y tan fresca,
una risa extrañada, que, por contagio y una sincera sensación de complicidad,
sonreí yo también y me uní a su sorpresa por la aparición de una desconocida
preguntándole por dicha boina. Y mi sonrisa siguió aun luego de que llegara su bus
y ella partiera a quién sabe dónde.
Porque, estando entre amigos y en un ambiente feliz, llegó
ese tipo de noticias que a uno lo eleva a superficies de placer: por fin
teníamos confirmada una fecha para presentar un homenaje a Luis Alberto Spinetta.
Por fin, luego de tantos meses de ensayos, de afinaciones, ajustes y
desajustes, esperanza, por fin todo empezaba a cristalizarse y hacerse
concreto, evidente: celebraríamos la música de un artista al que queremos
mucho, que nos ha brindado tanto a cada uno de nosotros, lo festejaríamos con
todo el cariño y el respeto que merece.
Y así fue que entendí la magia, la magia de la tristeza y
del pesar, la magia de la ruptura y la liberación, la magia de la felicidad.
Porque todo es mágico, todo es magia, todo tiene una sensualidad que va
modelándose sola, sin necesidad de artificios.
Es la sensación de pasar por el abismo y no caer, de
encontrar una mano amiga que nos salve, llorar, reír, festejar.
Entendí muchas cosas que tal vez no sepa explicar pero que,
de alguna manera u otra, pueden resumirse en eso que sentimos todos los días, a
veces sin mucha conciencia de aquello pero que está siempre presente porque,
finalmente, es lo que somos: la vida.
27 agosto 2012
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