29 abril 2013

Un apunte sobre el pasado

Muchas cosas siempre están volviendo a nosotros, a su manera, a su tiempo, pero volviendo en las formas menos esperadas, muchas veces, y dejándonos pensando hasta después del almuerzo y sentado frente a la pantalla.
 
Me había bajado del bus a la mala, como casi siempre, incómodo y fastidiado, y me tocaba caminar un poco para llegar a casa así que, con la tranquilidad que me da estar a solas con el aire y con un sol fresco, caminé despreocupado cruzando el parque que engalana Miguel Grau con su figura. Y a mitad del parque, donde están las bancas y las flores, vi un rostro conocido, solitario y rector; inmediatamente supuse que era una de mis profesoras del colegio y yo, que del colegio sólo guardo los buenos recuerdos, me puse en estado de quedar bien, enderecé la columna y caminé como si no hubiera visto a nadie, protegido por la resolana y el autoestima que aún me queda. Al poco rato, volteé y me di cuenta que no era mi profesora, sólo una señora parecida sentada en la banca del parque. Y regresé a mi andar despreocupado, sin elegancia y hambriento.


Pero me quedé pensando en esas cosas que siempre están volviendo a nosotros. Esa idea rectora del colegio y el uniforme, “derecho, alumno”, cantar el himno todos los lunes con el ánimo de la nada misma, los cuadernos forrados y la camisa dentro del pantalón. Son cosas que se quedan en uno y se duermen con el alboroto de la pequeña libertad que uno disfruta en su juventud, pero que reaparecen en los momentos más insospechados, cuando un rostro parece presentarse tan cerca o cuando un recuerdo resucita de quién sabe dónde.
Y son cosas que, al final de cuentas, quedan sin poder controlarse, uno no termina de despegarse de ellas porque nos marcan, nos predisponen y nos hacen parte de una misma sociedad. Lo mismo podría aplicarse frente a un policía o a nuestros padres.

Por supuesto que cuando uno lo piensa sentado en su casa tomando jugo de piña no parece ser tan poderoso, pero lo es y cómo nos altera, juega con nosotros y, finalmente, uno cae en cuenta de que hay que saber vivir con eso, pero no desde el lado inmóvil y decepcionante, sino desde el del raciocinio y el comprender que somos todos una suma de experiencias e intentos repetidos por vivir y no dejarse llevar por la locura.

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