Muchas cosas siempre están volviendo a nosotros, a su manera, a su tiempo,
pero volviendo en las formas menos esperadas, muchas veces, y dejándonos
pensando hasta después del almuerzo y sentado frente a la pantalla.
Me había bajado del bus a la mala, como casi siempre, incómodo y fastidiado, y
me tocaba caminar un poco para llegar a casa así que, con la tranquilidad que
me da estar a solas con el aire y con un sol fresco, caminé despreocupado
cruzando el parque que engalana Miguel Grau con su figura. Y a mitad del
parque, donde están las bancas y las flores, vi un rostro conocido, solitario y
rector; inmediatamente supuse que era una de mis profesoras del colegio y yo,
que del colegio sólo guardo los buenos recuerdos, me puse en estado de quedar
bien, enderecé la columna y caminé como si no hubiera visto a nadie, protegido
por la resolana y el autoestima que aún me queda. Al poco rato, volteé y me di
cuenta que no era mi profesora, sólo una señora parecida sentada en la banca
del parque. Y regresé a mi andar despreocupado, sin elegancia y hambriento.
Pero me quedé pensando en esas cosas que siempre están volviendo a
nosotros. Esa idea rectora del colegio y el uniforme, “derecho, alumno”, cantar
el himno todos los lunes con el ánimo de la nada misma, los cuadernos forrados
y la camisa dentro del pantalón. Son cosas que se quedan en uno y se duermen
con el alboroto de la pequeña libertad que uno disfruta en su juventud, pero
que reaparecen en los momentos más insospechados, cuando un rostro parece
presentarse tan cerca o cuando un recuerdo resucita de quién sabe dónde.
Y son cosas que, al final de cuentas, quedan sin poder controlarse, uno no
termina de despegarse de ellas porque nos marcan, nos predisponen y nos hacen
parte de una misma sociedad. Lo mismo podría aplicarse frente a un policía o a
nuestros padres.
Por supuesto que cuando uno lo piensa sentado en su casa tomando jugo de
piña no parece ser tan poderoso, pero lo es y cómo nos altera, juega con
nosotros y, finalmente, uno cae en cuenta de que hay que saber vivir con eso, pero
no desde el lado inmóvil y decepcionante, sino desde el del raciocinio y el
comprender que somos todos una suma de experiencias e intentos repetidos por
vivir y no dejarse llevar por la locura.
29 abril 2013
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