16 abril 2012

Frío calor

Sábado 14.
Salí de mi casa en Surco poco antes de las nueve de la mañana y había un sol embravecido incendiando la avenida, avenida por la que caminaría hasta el paradero donde esperaría el bus, bus que me dejaría a pasos de empezar mis clases. Me sorprendió aquel sol tan furioso, abrí mi maletín y saqué los Ray-Ban de mentira para protegerme de tal inclemencia solar y sorpresivamente otoñal; abrí mi maletín y saqué mis audífonos para que Charly García me envolviera cantando “Asesíname”, una vez más.
Tomé el bus que siguió por la avenida Benavides, volteó en República de Panamá, se asfixió de sol, cogió Cáceres, un pedacito de Ricardo Palma hasta llegar a Paseo de la República donde el tráfico lo detuvo unos minutos -ya sonaba Pedro Aznar, “Joya tu corazón”-, otra vez el sol sin piedad, siguió por la avenida Pardo, dobló en Petit Thouars, González Prada -que al cruzar Arequipa se convierte en Enrique Palacios-, siguió por Palacios, sol, cruzó Comandante Espinar, llegó hasta Santa Cruz y la confusión: ¿de dónde llegó toda esta neblina?, ¿en qué minuto desapareció el sol?, Gustavo Cerati cantaba “Puente” en ese preciso instante, guardé mis lentes; el bus tomó un arco de la Plaza Centroamérica, cogió Del Ejército y ahora sí, el cielo no se distinguía, todo parecía un humo dominante, ¿la guerra... y no me enteré?.

Intermedio

Salí al mediodía de las clases dispuesto a caminar por entre el frío y la neblina, sin embargo me sorprendió el sol y bueno, caminé igual enfundado en los Ray-Ban pero esta vez sin los audífonos, quería saber cómo sonaba el ruido blanco de mi alma. Caminé por Salaverry, volteé en Javier Prado y me enmarañé por callecitas de casas muy lindas y muy grandes y lujosos hoteles en los que espero no alojarme, el sol se apoderaba del cielo y dibujaba en el suelo las otras personas que somos, yo seguía caminando, escuchando la conversación del aire también. Llegué a El Olivar y me confundí entre los árboles, sus sombras y el pasto tan regular, hasta que me encontré en Miraflores y de nuevo la sorpresa: el cielo gris y la neblina que inundaba los edificios y el panorama que se me presentaba, guardé los lentes. Seguí por Diagonal, tomé Berlín y finalmente tomé un bus que me regresó al sol de Surco y luego a mi casa.


Y no sé, me quedé con la sensación de que todo es así: tenemos una primera impresión de las cosas y luego esa impresión cambia, se transforma, regresa, vuelve a cambiar, vuelve a ser primera, nunca es última, como el clima que me encontré el sábado. Y cómo de una situación tan cotidiana pueden llegar pensamientos interesantes, sentado frente a una pantalla...

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